Examen del mal amor

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Si a quien llamas hermano,
desprecias a distancia.

Si en su cara sonríes
y a la espalda rechazas.

Si profieres reproches
con estudiada calma.

Si siempre encuentras pegas
pero nunca alabanzas.

Si golpeas tu pecho
con fingida tristeza
mientras miras al otro
desde torre lejana.

¿De qué sirve tu fuego?
¿de qué vale tu llama
si una bola de orgullo
se te ha anclado
en la entraña?

¿A quién llegan los besos
que camuflan espadas?

¿Para qué vale un árbol
que no extiende sus ramas?

¿A dónde irán un día
los abrazos sin alma?

(José María R. Olaizola, sj)

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El Reino. XI Domingo del Tiempo Ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Marcos (4,26-34):

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.»
Les dijo también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra.»

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado

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Con Humildad y Confianza

A Jesús le preocupaba mucho que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al Reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.

Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les han de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. La  fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como “un grano de mostaza” que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso, el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El Proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

En la Iglesia no sabemos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y nihilista. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

José Antonio Pagola

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La familia de Jesús. Domingo X del Tiempo Ordinario – Ciclo B

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San Marcos. [Mc 3, 20-35]

En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

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Contra la Banalización

Contra el Espíritu Santo

El hombre contemporáneo se está acostumbrando a vivir sin profundidad y sin respuesta a la cuestión más vital de su vida: por qué y para qué vive.

Lo grave es que, cuando la persona pierde toda referencia a su propia profundidad y al misterio que se encierra en el ser humano, la vida cae en la trivialidad y la banalización.

Se vive entonces de impresiones, en la superficie de las cosas y de las personas. Cogidos por lo efímero y transitorio. Desarrollando sólo la apariencia de la vida.

Probablemente, esta banalización de la vida es la raíz más importante de la increencia de muchos hombres y mujeres.

Cuando el ser humano vive sin interioridad, pierde el respeto por la vida, por las personas y las cosas. Pero, sobre todo, se incapacita para “escuchar” el misterio que se encierra en el trasfondo de la existencia.

El hombre de hoy se resiste a la profundidad. No está dispuesto a revisar y transformar su vida interior. Pero comienza a sentirse insatisfecho. Intuye que necesita algo que la vida de cada día no le proporciona. En esa insatisfacción puede estar el comienzo de su salvación.

El gran teólogo P. Tillich decía que sólo el Espíritu nos puede ayudar a descubrir de nuevo «el camino de lo profundo”. Por el contrario, pecar contra ese Espíritu Santo sería «cargar con nuestro pecado para siempre”.

El Espíritu puede despertar en nosotros el deseo de luchar por algo más noble y mejor que lo trivial de cada día. Puede darnos la audacia necesaria para iniciar un trabajo interior en nosotros.

El Espíritu puede hacer brotar una alegría diferente en medio de la rutina ordinaria. Puede vivificar nuestra vida envejecida. Puede encender en nosotros el amor incluso hacia aquellos por los que no sentimos hoy el menor interés.

El Espíritu es «una fuerza que actúa en nosotros y que no es nuestra”. Es el mismo Dios en cuanto que actúa en nosotros inspirando y transformando nuestras vidas.

Nadie puede decir que no está habitado por ese Espíritu. Lo importante es no apagarlo, dejarlo crecer, avivar su fuego, hacer que arda purificando y renovando nuestra vida.

Tal vez, la oración primera del hombre contemporáneo, consciente de su riesgo de banalización, tenga que ser la del viejo salmista: “No apartes de mí tu Espíritu”.

José Antonio Pagola

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Corazón de Jesús

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Yo seré tu fortaleza, nada temas.

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