En lo hondo de tu ser

No es que Dios evite al hombre, no es que Dios nos dé la espalda a nosotros. Dios está escondido, como … despertando en nosotros un deseo profundo por Él.

Dios está en lo más oculto, en lo más hondo, en lo más íntimo del ser humano.

El hombre es como una tierra, el hombre es como la tierra, el hombre es de tierra y en las capas superficiales, nunca se… percibe, nunca se… averigua, nunca se da uno cuenta de lo que puede haber en las capas más hondas y más profundas. En las capas más hondas está el manantial, están las fuentes, en las capas más hondas puede haber tesoros, en las capas más profundas de la tierra hay tesoros, está la mina, están las minas. En las capas más profundas de nuestra tierra también hay manantial, en las capas más profundas de nuestro ser también hay un tesoro, también hay oro escondido, tu Dios es un Dios escondido, tu manantial, tu vida está escondida, en lo hondo,

J. F. Moratiel

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SILENCIO Y ORACIÓN

Madre Teresa
Es difícil orar si no se sabe orar, pero hemos de ayudarnos. El primer paso es el silencio. No podemos ponernos directamente ante Dios si no practicamos el silencio interior y exterior.
El silencio interior es muy difícil de conseguir, pero hay que hacer el esfuerzo. En silencio, encontraremos nueva energía y una unión verdadera. Tendremos la energía de Dios para hacer bien todas las cosas, así como la unidad de nuestros pensamientos con Sus pensamientos, de nuestras oraciones con Sus oraciones, la unidad de nuestros actos con Sus actos, de nuestra vida con Su vida. La unidad es el fruto de la oración, de la humildad, del amor.
Dios nos habla en el silencio del corazón. Si estás frente a Dios en oración y silencio, Él te hablará; entonces, sabrás que no eres nada. Y sólo cuando comprendemos nuestra nada, nuestra vacuidad, Dios puede llenarnos de Sí mismo. Las almas de oración son almas de gran silencio.
El silencio nos da una nueva perspectiva acerca de todas las cosas. Necesitamos silencio para llegar a las almas. Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice y lo que dice a través de nosotros. En ese silencio, Él nos escucha; en ese silencio, Él le habla al alma y, en el silencio, escuchamos Su voz.
Escucha en silencio, porque si tu corazón está lleno de otras cosas, no podrás oír su voz. Ahora bien, cuando le hayas escuchado en la quietud de tu corazón, entonces tu corazón estará lleno de Él. Para esto, se necesita mucho sacrificio y, si realmente queremos y deseamos orar, hemos de estar dispuestos a hacerlo ahora. Estos sólo son los primeros pasos hacia la oración, pero si no nos decidimos a dar el primero con determinación, nunca llegaremos al último: la presencia de Dios.
Las personas contemplativas y los ascetas de todos los tiempos y religiones han buscado a Dios en el silencio y la soledad de los desiertos, selvas y montañas. El propio Jesús pasó cuarenta días en el desierto y en las montañas comulgando durante largas horas con su Padre en el silencio de la noche.
Nosotros también estamos llamados a retirarnos cada cierto tiempo para entrar en el silencio y la soledad más profunda con Dios; juntos, como comunidad, o también individualmente, como personas, para estar a solas con Él, alejados de nuestros libros, pensamientos y recuerdos, totalmente despojados de todo, para vivir amorosamente en Su presencia, silenciosos, vacíos, expectantes, inmóviles.
A Dios no lo podemos encontrar en medio del ruido y la agitación. En la naturaleza, los árboles, las flores y la hierba crecen en silencio; las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio. Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice a nosotros o lo que dice a través de nosotros. En el silencio, Él nos escucha; en el silencio, Él habla a nuestras almas. En el silencio, se nos concede el privilegio de escuchar Su voz.
Silencio de los ojos,
silencio de los oídos,
silencio de la boca,
silencio de la mente,
en el silencio del corazón
Dios habla.
Es necesario el silencio del corazón para poder oír a Dios en todas partes, en la puerta que se cierra, en la persona que nos necesita, en los pájaros que cantan, en las flores, en los animales.
Si cuidamos el silencio, será fácil orar. En las historias y escritos, hay demasiadas palabras, demasiada repetición. Nuestra vida de oración sufre mucho, porque nuestro corazón no está en silencio.
La verdadera oración es unión con Dios, unión tan esencial como la de la vid y los sarmientos, que es la imagen que nos ofrece Jesús en el evangelio de san Juan. Necesitamos la oración; necesitamos que esa unión produzca buenos frutos. Los frutos son lo que elaboramos con nuestras manos, ya sean alimentos, ropas, dinero u otra cosa. Todo eso es el fruto de nuestra unión con Dios. Necesitamos una vida de oración, de pobreza y de sacrificio para hacerlo con amor.
Madre Teresa
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Ven Espíritu Santo

En todo tiempo y lugar:

“Ven Espíritu Santo, ven a sanar mi manera de reaccionar.
Para que frente a las agresiones reaccione con amor.
Para que frente a las burlas reaccione con comprensión.
Para que frente a las preocupaciones reaccione con la súplica.
Para que frente a los imprevistos reaccione con creatividad.
Para que frente a los fracasos reaccione con la esperanza.
Para que frente a los errores reaccione con constancia.
Para que frente a las desilusiones reaccione con confianza.
Para que frente a los problemas reaccione con paz.
Para que frente a los desafíos reaccione con coraje.
Para que frente a tu amor reaccione con alegría.
Ven Espíritu Santo.
Amén.”

De los cinco minutos del Espíritu Santo

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En camino

“Déjame aquí libremente, totalmente solo
en una celda en que el sol nunca brilló.
Aunque jamás nadie me hable,
Este silencio dorado me hará libre”.

Trozo de un poema escrito por un prisionero
del campo de concentración de Dachau

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Preparando la catequesis en un nuevo curso inédito

ORACIÓN Y DECÁLOGO DEL CATEQUISTA

Señor Jesús:

Aquí me tienes para servirte
y colocar a tus pies la labor en que estoy empeñado.
Tú me escogiste para ser catequista,
anunciador de tu Mensaje a los hermanos.
Me siento muy pequeño e ignorante,
soy a menudo inconstante,
pero sé que Tú me necesitas.
Gracias por confiar en mí, pequeño servidor tuyo.
Estoy pronto a cumplir esta hermosa tarea
con sencillez y modestia, amor y fe.
Quiero ser instrumento tuyo
para despertar en muchos hermanos:
cariño por tu persona,
confianza en tus promesas,
deseos de seguirte como discípulo.
Bendice día a día mis esfuerzos;
pon tus palabras en mis labios,
y haz que, en comunión con mis hermanos,
pueda colaborar en extender tu Reino.

María, tu que seguiste siempre con fidelidad
las huellas de tu Hijo,
guíanos por ese mismo camino.
Amén.

Decálogo para el Catequista

I. Cuidar mi vocación de catequista con la oración y la formación permanente.

II. Estudiar y amar la Palabra de Dios como fuente principal de la catequesis.

III. Crecer en el amor a Cristo, a la Iglesia y a cada hermano.

IV. Desarrollar mi vida espiritual con la vivencia de los sacramentos y la participación activa a favor de la comunidad cristiana.

V. Dar testimonio de Cristo en toda circunstancia.

VI. Trabajar en común unión con los sacerdotes y mis hermanos en la fe.

VII. Preparar con seriedad y creatividad todos los encuentros catequísticos.

VIII. Participar con entusiasmo en los encuentros de formación, de oración y de programación de las catequesis.

IX. Servir con humildad y respeto, confiando más en la acción del Espíritu Santo que en mis méritos.

X. Revisar y purificar mis motivaciones para evitar la rutina y la autosuficiencia.

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