La Santísima Trinidad. Ciclo B

Prepara la Celebración Eucarística del Domingo

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San Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
–Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

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  • La Trinidad es una Comunión de Amor. ¿Cómo experimento la Presencia de la Trinidad en mi vida? ¿Una comunidad de amor?
  • “La comunidad Cristiana, aún con sus limitaciones humanas, puede convertirse en un reflejo de la comunión de la Trinidad, de su bondad, de su belleza” – Papa Francisco.
  • La vida interior de Dios es un mutuo dar y recibir. Cada persona de la Santísima Trinidad se realiza dándose amorosamente a las otras dos personas, y recibiendo el amor completo de las otras dos personas. Es un círculo eterno de amor entre las tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
  • Nosotros hemos sido hechos a la imagen y semejanza de Dios, y sólo nos realizamos dándonos por amor a otros, y recibiendo plenamente el amor de Dios por nosotros.
  • Oigo el encargo de Jesús de invitar a otros a ser discípulos de amor. “Por lo tanto, anda y haz discípulos en todas las naciones”. ¿Por dónde comienzo?
  • En vez de enfocarme en mi renuencia, pienso en el entusiasmo de Dios de estar en una relación plena conmigo. Porque es solamente cuando nos entregamos, y recibimos completamente, que llegamos a nuestro Yo verdadero.

Espacio Sagrado

 

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Lo esencial del Credo

…en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

A lo largo de los siglos, los teólogos cristianos han elaborado profundos estudios sobre la Trinidad. Sin embargo, bastantes cristianos de nuestros días no logran captar qué tienen que ver con su vida esas admirables doctrinas.

Al parecer, hoy necesitamos oír hablar de Dios con palabras humildes y sencillas, que toquen nuestro pobre corazón, confuso y desalentado, y reconforten nuestra fe vacilante. Necesitamos, tal vez, recuperar lo esencial de nuestro credo para aprender a vivirlo con alegría nueva.

«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra».

No estamos solos ante nuestros problemas y conflictos. No vivimos olvidados Dios es nuestro «Padre» querido. Así lo llamaba Jesús y así lo llamamos nosotros. Él es el origen y la meta de nuestra vida. Nos ha creado a todos sólo por amor, y nos espera a todos con corazón de Padre al final de nuestra peregrinación por este mundo.

Su nombre es hoy olvidado y negado por muchos. Nuestros hijos se van alejando de él, y los creyentes no sabemos contagiarles nuestra fe, pero Dios nos sigue mirando a todos con amor. Aunque vivamos llenos de dudas, no hemos de perder la fe en un Dios Creador y Padre pues habríamos perdido nuestra última esperanza.

«Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor».

Es el gran regalo que Dios ha hecho al mundo. Él nos ha contado cómo es el Padre. Para nosotros, Jesús nunca será un hombre más. Mirándolo a él, vemos al Padre: en sus gestos captamos su ternura y comprensión. En él podemos sentir a Dios humano, cercano, amigo.

Este Jesús, el Hijo amado de Dios, nos ha animado a construir una vida más fraterna y dichosa para todos. Es lo que más quiere el Padre. Nos ha indicado, además, el camino a seguir: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Si olvidamos a Jesús, ¿quién ocupará su vacío?, ¿quién nos podrá ofrecer su luz y su esperanza?

«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida».

Este misterio de Dios no es algo lejano. Está presente en el fondo de cada uno de nosotros. Lo podemos captar como Espíritu que alienta nuestras vidas, como Amor que nos lleva hacia los que sufren. Este Espíritu es lo mejor que hay dentro de nosotros.

José Antonio Pagola

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Mi confianza

Si un día perdiera mi calma y mi paz
Tú sabrías que hacer, cómo ayudar.

Si perdiera la fe tendría en ti
Algo en lo que creer.

Pongo mi confianza en ti
Tú no me dejarás, nunca me traicionarás
Dos impulsos y un sólo ser.

Haciéndome pensar que puedo mantenerme en pie
Nunca perderé mi confianza en ti
No, nunca perderé mi confianza en ti

Tu aliento me llevó al abrigo del mar
Lejos de la traición de tanta falsedad.

El tiempo inútil y gris no inyectará
Nunca su veneno mortal.

Pongo mi confianza en ti
Tú no me dejarás, y tienes tanto que decir
Dos impulsos y un sólo ser.

Haciéndome creer que puedo
Mantenerme en pie
Nunca perderé mi confianza en ti
No, nunca perderé mi confianza en ti

No, nunca perderé mi confianza en ti,
No, nunca perderé mi confianza en ti,
No, nunca perderé mi confianza en ti,
No, nunca perderé mi confianza en ti…..

Luz Casal

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Ven Espíritu de Dios. Domingo de Pentecostés.

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San Juan (20,19-23):

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

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“Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén”. 

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Meditación del Papa Benedicto XVI

Finalmente, el Evangelio de hoy nos entrega esta bellísima expresión: “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor”. Estas palabras son profundamente humanas. El Amigo perdido está presente de nuevo, y quien antes estaba turbado se alegra. Pero dicen mucho más. Porque el Amigo perdido no viene de un lugar cualquiera, sino de la noche de la muerte; ¡y la ha atravesado! No es uno cualquiera, sino que es el Amigo y al mismo tiempo Aquel que es la Verdad y que hace vivir a los hombres; y lo que da no es una alegría cualquiera, sino la propia alegría, don del Espíritu Santo. Sí, es hermoso vivir porque soy amado, y es la Verdad la que me ama. Se alegraron los discípulos, viendo al Señor. Hoy, en Pentecostés, esta expresión está destinada también a nosotros, porque en la fe podemos verle; en la fe Él viene entre nosotros, y también a nosotros nos enseña las manos y el costado, y nosotros nos alegramos. Por ello queremos rezar: ¡Señor, muéstrate! Haznos el don de tu presencia y tendremos el don más bello, tu alegría. Amén. Benedicto XVI, 12 de junio de 2011

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Un Dios que cree en ti…

Abre la puerta, no digas nada, deja que entre el sol.
Deja de lado los contratiempos, tanta fatalidad
porque creo en ti cada mañana aunque a veces tú no creas nada.

Abre tus alas al pensamiento y déjate llevar;
vive y disfruta cada momento con toda intensidad
porque creo en ti cada mañana aunque a veces tú no creas nada.

Sentir que aún queda tiempo
para intentarlo, para cambiar tu destino.
Y tú , que vives tan ajeno, nunca ves más allá
de un duro y largo invierno.

Abre tus ojos a otra   miradas anchas como la mar.
Rompe silencios y barricadas, cambia la realidad
porque creo en ti cada mañana aunque a veces tú no creas nada.
Sentir que aún queda tiempo
para intentarlo, para cambiar tu destino… Abre la puerta, no digas  nada…

                                                                                                              Luz Casal

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El Rosario y Pablo VI

De MARIALIS CULTUS DE SU SA NTIDAD PABLO VI

49. El Rosario, según la tradición admitida por nuestros Predecesor S. Pío V y por él propuesta autorizadamente, consta de varios elementos orgánicamente dispuestos:

a) la contemplación, en comunión con María, de una serie de misterios de la salvación, sabiamente distribuidos en tres ciclos que expresan el gozo de los tiempos mesiánicos, el dolor salvífico de Cristo, la gloria del Resucitado que inunda la Iglesia; contemplación que, por su naturaleza, lleva a la reflexión práctica y a estimulante norma de vida;

b) la oración dominical o Padrenuestro, que por su inmenso valor es fundamental en la plegaria cristiana y la ennoblece en sus diversas expresiones;

c) la sucesión litánica del Avemaría, que está compuesta por el saludo del Ángel a la Virgen (Cf. Lc 1,28) y la alabanza obsequiosa del santa Isabel (Cf. Lc 1,42), a la cual sigue la súplica eclesial Santa María. La serie continuada de las Avemarías es una característica peculiar del Rosario y su número, en le forma típica y plenaria de ciento cincuenta, presenta cierta analogía con el Salterio y es un dato que se remonta a los orígenes mismos de este piadoso ejercicio. Pero tal número, según una comprobada costumbre, se distribuye —dividido en decenas para cada misterio— en los tres ciclos de los que hablamos antes, dando lugar a la conocida forma del Rosario compuesto por cincuenta Avemarías, que se ha convertido en la medida habitual de la práctica del mismo y que ha sido así adoptado por la piedad popular y aprobado por la Autoridad pontificia, que lo enriqueció también con numerosas indulgencias;

d) la doxología Gloria al Padre que, en conformidad con una orientación común de la piedad cristiana, termina la oración con la glorificación de Dios, uno y trino, “de quien, por quien y en quien subsiste todo” (Cf. Rom 11,36).

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