En camino

“Déjame aquí libremente, totalmente solo
en una celda en que el sol nunca brilló.
Aunque jamás nadie me hable,
Este silencio dorado me hará libre”.

Trozo de un poema escrito por un prisionero
del campo de concentración de Dachau

Publicado en Reflexiones | Etiquetado ,

Preparando la catequesis en un nuevo curso inédito

ORACIÓN Y DECÁLOGO DEL CATEQUISTA

Señor Jesús:

Aquí me tienes para servirte
y colocar a tus pies la labor en que estoy empeñado.
Tú me escogiste para ser catequista,
anunciador de tu Mensaje a los hermanos.
Me siento muy pequeño e ignorante,
soy a menudo inconstante,
pero sé que Tú me necesitas.
Gracias por confiar en mí, pequeño servidor tuyo.
Estoy pronto a cumplir esta hermosa tarea
con sencillez y modestia, amor y fe.
Quiero ser instrumento tuyo
para despertar en muchos hermanos:
cariño por tu persona,
confianza en tus promesas,
deseos de seguirte como discípulo.
Bendice día a día mis esfuerzos;
pon tus palabras en mis labios,
y haz que, en comunión con mis hermanos,
pueda colaborar en extender tu Reino.

María, tu que seguiste siempre con fidelidad
las huellas de tu Hijo,
guíanos por ese mismo camino.
Amén.

Decálogo para el Catequista

I. Cuidar mi vocación de catequista con la oración y la formación permanente.

II. Estudiar y amar la Palabra de Dios como fuente principal de la catequesis.

III. Crecer en el amor a Cristo, a la Iglesia y a cada hermano.

IV. Desarrollar mi vida espiritual con la vivencia de los sacramentos y la participación activa a favor de la comunidad cristiana.

V. Dar testimonio de Cristo en toda circunstancia.

VI. Trabajar en común unión con los sacerdotes y mis hermanos en la fe.

VII. Preparar con seriedad y creatividad todos los encuentros catequísticos.

VIII. Participar con entusiasmo en los encuentros de formación, de oración y de programación de las catequesis.

IX. Servir con humildad y respeto, confiando más en la acción del Espíritu Santo que en mis méritos.

X. Revisar y purificar mis motivaciones para evitar la rutina y la autosuficiencia.

Publicado en Parroquia | Etiquetado ,

María Reina

La coronación de la Virgen María

«Apareció en el cielo un signo sorprendente: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada de doce estrellas». (Ap 12,1)

Como el sol vespertino se esconde en la tierra, así desde el seno de la Santísima Trinidad el Verbo descendió al seno de la virgen de Nazareth. La Luz escondió su resplandor y no hizo alarde de su divinidad (cfr. Fil 2, 6-8), para caminar con pasos humanos y recuperar así a sus hermanos, llevándonos consigo en Su regreso al Padre. Escondido en María, el Hijo de Dios se introdujo en la historia como Hombre verdadero. A oscuras, mientras el mundo duerme, el Sol recorre su paso del Occidente al Oriente. Y así como la nube de la Presencia de Dios y la columna de fuego acompañaron el camino del éxodo del Pueblo de Israel, de Egipto a la Tierra Prometida, Jesucristo recorrió con pasos históricos y polvorientos nuestra existencia, envolviendo mansamente en las sombras Su misterio, para acompañarnos y guiarnos en el paso Pascual de la muerte a la Vida. Tenía que venir Él. Y había de ser así, kenóticamente, humildemente, para que la penumbra abrigase nuestra libertad y diera espacio al amor y a la acogida.    

¡Oh Madre de la Acogida, qué abismo de silencio iluminado acompañó tu existencia! Tú envolviste en pañales, aquella noche, al Hijo de Dios. Y Jesús, en la noche de tu vida, en tu peregrinar tantas veces a oscuras, te revistió de Sol, de gracia, de Espíritu Santo, transfigurándote a Su imagen, de «hágase» en «hágase», de pascua en pascua. El cielo se instaló en tu carne y se la llevó consigo. La Vida penetró tu mundo y te hizo su Reina.

«Todo el universo se hace pequeño ante la figura de la Virgen, que es ya imagen del mundo nuevo, que lleva en sí a Cristo y que está formado conforme a Él. Por eso una oración bizantina dice que María es más grande que los cielos, porque ha llevado en su seno a Aquel que los cielos no podían contener. Cuando Dios se hace huésped del hombre, no lo destruye, ni lo disminuye o lo aliena, sino que lo coloca en su verdadero lugar, como dominador del universo» (Špidlík- Rupnik, La fe según los iconos).

La libertad y el amor, desde el centro del corazón de María, crecieron día con día en sinergia con el Espíritu Santo. Ambos, Él en ella, ella con Él, la hicieron libre, toda acogida y oblatividad. Sin condicionamiento alguno, ni propio, ni ajeno, ni de tendencias autoafirmativas o de egoísmos posesivos; ni de las circunstancias de la vida, del mundo, de la propia historia o psicología, de la pobreza personal innegablemente presente en nuestra condición humana. Ríos de gracia se derramaron en su vida. No mayores, sin embargo, que los que el Señor ofrece a cada ser humano, llamado a ser su hijo. El amor se hizo aceptación, la aceptación generó nuevo amor, y brotó aquella colaboración a la que Dios llamó al hombre desde el principio de los tiempos para gestar en el mundo la vida nueva, en Cristo Su plenitud, su realización definitiva.

Contemplando a María comprendemos cómo todo hombre y toda mujer estamos llamados a gestar a Cristo en el mundo, pero no solos, sino en comunión. Por el bautismo, cada corazón es tierra en la que penetra el Sol de Cristo, calor, luz, y vida nueva en el Espíritu, llamado a alumbrar a todo hombre, dándole una razón para vivir: la Palabra misma de la Vida (cfr. Fil 2, 14-16). La libertad abraza y el amor une. Cada corazón es un espacio eclesial en el que nos encontramos el uno en el otro unidos en el centro, en Cristo Jesús. Avanzamos con Él, en el camino de retorno al Padre, como peregrinos del amor. Paso a paso, diría Machado, «hacemos camino al andar» y aprendemos a amar amando. Nuestra vida familiar, las amistades, las relaciones laborales y sociales, las que ensanchan el corazón y las que lo encogen, las personas difíciles que nos hacen sufrir… es el Espíritu Santo el que introduce al espíritu humano en este Reino de libertad y de encuentro, de donación y acogida, de sentido y de alegría que es la vida compartida y ofrecida pascualmente en Cristo Jesús. Nunca solos, nunca aislados, sino injertados en Cristo, entretejidos como hermanos y fortalecidos en esta comunión en el Cuerpo de Cristo, su Iglesia, que somos todos. Esta que así vivimos es la vida misma de Cristo resucitado, prolongada en la historia por el don del Espíritu: ha comenzado en esta tierra, pero no tendrá fin.

«En el icono de la realeza de María hay un nuevo grado de desarrollo, un aspecto que se puede llamar antropológico. El trono del imperio o del mundo pasa a segundo plano. La verdadera sede de Cristo es María, una persona viva, humana. (…) En Cristo, con Cristo y por Cristo todo cristiano es llamado a gobernar el mundo. (…) Cristo aparece en el icono como verdadero rey del universo y de los hombres, que no cede su poder a nadie. Pero para poder ejercerlo como Dios-Hombre, debía nacer en el tiempo de María Virgen. Bajo este aspecto fue ella quien lo puso en el trono del mundo. Es un privilegio y, al mismo tiempo, una verdadera cooperación, el prototipo de la actividad de los cristianos a través de los siglos. El Reino de Cristo se instaurará definitivamente en su segunda venida. Pero ésta se prepara a través de un largo itinerario de la Iglesia, por obra de los santos que colocan progresivamente a Cristo en el trono del universo. Es un privilegio para nosotros, hombres, y al mismo tiempo una función indispensable en el orden de la salvación. En este sentido se puede hablar del eterno femenino de todo cristiano que “genera” la vida eterna que debe llegar». (Špidlík- Rupnik, La fe según los iconos)

En el mosaico que contemplamos vemos a Jesucristo coronando a su Madre. Sentados ambos sobre el trono del universo, el manto del Hijo de Dios cubre a María de Su gloria. Ella aparece vestida de blanco, resplandeciente de una belleza que brota desde dentro, «engalanada como una novia ataviada para su esposo». María es icono de la nueva Jerusalén, la Iglesia, la Esposa: Jesús coloca en su dedo el anillo de la alianza.

«Luego vi un cielo nuevo, y una tierra nueva -porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: “Ésta es la morada de Dios, que compartirá con los hombres. Pondrá su morada entre ellos. Ellos serán su pueblo y él, Dios con ellos, será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo habrá pasado”. Entonces, el que está sentado en el trono dijo: “Voy a hacer nuevas todas las cosas”. Y añadió: “Escribe: Éstas son palabras ciertas y verdaderas”. Me dijo también: “Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis agua del manantial. Ésta será la herencia del vencedor: yo seré su Dios y él será mi hijo”» (Ap 21, 1-7).

María, Reina del cielo y de la tierra, de los ángeles y de los apóstoles, peña de donde mana sin cesar el Río de Vida que sacia toda sed, tú conoces el anhelo de todo corazón humano: queremos amar y ser amados, queremos vivir y dar vida. Danos, Madre, de esta agua, para beber, para florecer, para derramarla en muchos otros corazones, para abrevar al universo.

«El Espíritu y la Novia dicen: “¡Ven!” Y el que oiga, que diga: “¡Ven!” El que tenga sed, que se acerque; el que quiera, recibirá gratis el agua de vida». (Ap 22,17)

           

Publicado en María | Etiquetado , , , ,

Asunción de María

Lo que le sucedió a María, nos hubiera sucedido a todos si no hubiéramos pecado. Ella no cayó nunca bajo las insidias de Satanás, por eso Dios no permitió su muerte y, en ese momento es la mujer que el Señor diseñó. Bienaventurada Virgen María porque has amado como Él quería que amaras. Gracias por tu sí que nos abrió la puerta de la salvación y nos colmó de esperanza y luz en un mundo de dolor.

¡Aleluya! Una hija de nuestra raza es llevada hoy al cielo. ¡Aleluya!

Publicado en María | Etiquetado ,

Aviso importante

Vivir y VIVIR (morir) dentro de la Iglesia es un derecho y una garantía de vida eterna

Queridos amigos: os ruego que os toméis la molestia de reenviar este texto en petición de que los capellanes no se retiren de los hospitales.
Morirse sin consuelo espiritual debe ser lo peor que le puede pasar a un cristiano creyente.
Te ruego, que si lo consideras, te tomes la molestia que me estoy tomando yo y lo pases a tus contactos, que como los mios, seran gente de bien.
Es lo único que podemos hacer los que no somos personas influyentes.
1 abrazo fraterno.

Si quiers puedes apoyar con tu firma

Publicado en Avisos | Etiquetado , , ,