Europa

Medalla Milagrosa

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Contemplar: lo invisible a través de lo visible

Contemplar es enfocar la realidad tal como es -¡con los cinco sentidos! -en expresión de Ignacio- pero para poder descubrir a través de ella el misterio que la envuelve. Sin esta mirada profunda, desaparece el misterio y aparecen con frecuencia las miradas superficiales, pasajeras, “intrascendentes”…

La contemplación es una palabra en torno a la cual  concentran su atención  las grandes espiritualidades –teresiana, carmelitana, ignaciana- etc.- que acuden a ella no sólo como método de oración –aunque se necesita un buen entrenamiento- sino como la mejor manera de colocarse externa e internamente ante el misterio -encerrado en Cristo Jesús- que se convierte en la mediación absoluta para –conociéndole, siguiéndole y amándole-  conocer al Dios-Padre que se manifiesta en todos sus dichos y hechos. La humanidad de Jesús, -con gran acierto- pasa a ser el medio y la finalidad de la contemplación cristiana en general  y de las espiritualidades concretas en particular.

La contemplación es, por tanto, más una actitud fundamental –salir de sí para dejarse empapar de los misterios de Cristo nuestro Señor- más que una técnica –por importante que ella sea- donde la meta es más llegar al vacío existencial  y al silencio absoluto, que la de sentirse, en el fondo de uno mismo -en “quietud” y “trasparencia”- habitado por otro que sostiene y alimenta nuestra existencia. Y es en ese encuentro profundo donde surge un aspecto fundamental de la contemplación: el tono afectivo y amistoso en que se desenvuelve, consiguiendo así la amistad en estado puro –“como un amigo habla a otro amigo”- (S. Ignacio) o “… tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Santa Teresa).

Si somos, en definitiva, lo que contemplamos y, sobre todo cómo contemplamos, la mirada se entrena sin duda en la oración pero hay que ejercitarla también en la vida para así, en expresión de Ignacio: “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, o en lenguaje teresiano, la contemplación (o consolación) no hay que guardarla para uno mismo sino que “es para las flores” (la fe, la esperanza y la caridad) es decir, no solo para regar el campo de nuestro interior sino el jardín existencial  del amor y la gracia de Dios.

Conocer a fondo, a los grandes maestros de oración, es un regalo que nunca agradeceremos suficientemente. Desde San Ignacio, la experiencia del mes de Ejercicios sería una auténtica escuela y un auténtico camino –método y contenido incluidos- para familiarizarse en la contemplación, así como en el modo como Santa Teresa formula y describe su experiencia  sirve “de ejemplo” para ayudar y enseñar a otros.

De Espiritualidad Ignaciana

 

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Inhabitación

Guarda el silencio del amor y de la  contemplación de este misterio tan grande que es la presencia de la Santísima Trinidad en ti. Déjate llevar por el Espíritu ( Juan 3 :8) a lugares y momentos que no te puedes ni imaginar. Acoge con devoción por donde te conduce porque es la salvación para ti.  No tropezarás jamás con tal guía de tu vida, porque Él es la sabiduría y te hará saborear la vida en plenitud. Déjate inundar de su alegría vital y sé como el surtidor que inunda a todos los que te rodean.

Avanza hacia Mí en tu interior. Abrázate a Mí y reniega siempre del mal. Si vives así tienes garantizada la vida eterna en salvación.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros.

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La cueva

Educando la interioridad

La cueva es un símbolo de profundidad, de interioridad, de comunicación de la claridad con la opacidad.

En ella se aprende a ver poco a poco en la oscuridad, a acoger con serenidad el aquí y el ahora, y a vivir con entereza, el momento presente, grávido de luces y sombras.

La cueva es un símbolo que invita a entrar en contacto con la tierra, a percibir su dureza, a sentir la humedad y a buscar el agua.

En ella se aprende a escuchar el silencio, a saborear la soledad sonora, a revivir experiencias hondas y a explorar tierra nueva.

La cueva es símbolo de misterio, de vida, de refugio, de acogida.

En ella se aprende a descubrir la presencia misteriosa de Dios, que siempre nos asombra en todo lo humano, en todo lo que acontece, en todo lo que nos rodea.

La cueva es símbolo de interioridad habitada, de estructura contemplativa, de “yo” unificado, de dimensión humana femenina.

De ella brota la mirada contemplativa hacia los pequeños y orillados, la escucha compasiva a los que no tienen voz y las entrañas de misericordia para todo dolor humano.

De Reflejos de Luz

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Padre Reino

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