Domingo II de Cuaresma

Evangelio:

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Seis días después, Jesús tomó a Pedro y a los hermanos Santiago y Juan, y los llevó aparte a un monte alto. Allí, en presencia de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su rostro brillaba como el sol y sus ropas se volvieron blancas como la luz. En esto vieron a Moisés y Elías conversando con él. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Mientras Pedro hablaba los envolvió una nube luminosa. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Éste es mi Hijo amado, a quien he elegido. Escuchadle”. Al oír esto, los discípulos se inclinaron hasta el suelo llenos de miedo. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”. Entonces alzaron los ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado”.

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Mesitación de Benedicto XVI

Recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha “contra los Dominadores de este mundo tenebroso”, en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan “aparte, a un monte alto”, para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”. Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal y fortalece la voluntad de seguir al Señor. Benedicto XVI, 22 de febrero de 2011.

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“Lectura: “Su rostro brillaba como el sol y sus ropas se volvieron blancas como la luz”.

Meditación: La plenitud de la experiencia espiritual de Cristo no es en soledad, sino en la compañía de Moisés y Elías, dándonos así a entender el evangelista que la propuesta cristiana no supone una novedad radical, sino que se inserta en la tradición del judaísmo. Jesús no viene a derogar o a sustituir, sino a renovar y profundizar las vías del Espíritu y de la humanidad. La iluminación, por otra parte, nunca se queda en sí misma (“hagamos tres tiendas”), sino que siempre es en vistas a la compasión. Ése es precisamente su criterio: tanto más compasivos seremos cuanto mayor sea la luz que hayamos recibido.
Oración: Padre bueno, que mi corazón esté siempre lleno de la luz y la belleza de tu Hijo y mis obras rebosen de amor a los demás.
Acción: Practica la caridad de manera más activa esta semana.”                                                Pablo d´Ors      

Transfiguración de Rafael. Clic en la imagen

Miedo a Jesús

La escena conocida como “la transfiguración de Jesús” concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: «Este es mi Hijo amado»: el que tiene el rostro transfigurado. «Escuchadle a él». No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a él.

«Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto». Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.

La actuación de Jesús es conmovedora: «Se acerca» para que sientan su presencia amistosa. «Los toca» para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: «Levantaos. No temáis». Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.

Es difícil ya ocultarlo. En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.

Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en “odres nuevos” el “vino nuevo” del Evangelio?

Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo “hacer memoria” de él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?

Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. En algunos crece el recelo ante religiosos y religiosas que buscan ser fieles al carisma profético que han recibido de Dios. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?

En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: «Levantaos. No tengáis miedo».

 

José Antonio Pagola

 


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