¡Velad! Domingo 1º de Adviento

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

 

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 Reaccionar. ¡Velad!

Se dice que en las sociedades desarrolladas se está disolviendo la fe en Dios. No se advierte, sin embargo, que lo que se está perdiendo no es sólo la dimensión religiosa, sino las mismas raíces donde se asienta el ser humano.

Lo que queda fuera de la ciencia, la técnica o la economía parece siempre menos real e importante. Lo material se ha apoderado de muchas vidas arrasando cualquier otro tipo de ideales estéticos, espirituales o altruistas. Ser «humano» ya no es una aspiración noble, sino un lenguaje cada vez más anacrónico.

El progreso, tal como se está desarrollando, no genera personas más fuertes, sino más débiles. No está creciendo la capacidad para una comunicación más honda; lo que se extiende cada vez más es el aislamiento, los contactos fugaces y las relaciones pasajeras y superficiales. No se fortalece la libertad interior, sino que aumentan las dependencias. De hecho, se está debilitando la «responsabilidad moral», pues las gentes se someten a modas y corrientes de opinión sin apenas capacidad para escuchar su propia conciencia.

¿Qué hacer? ¿Resignarse, maldecir el progreso, seguir apoyando la inconsciencia? Sin duda, lo importante es sanar las raíces del ser humano y su capacidad de reacción. Y es precisamente entonces cuando aparece en toda su gravedad un dato del que Europa comienza a tomar conciencia.

Estamos ya viviendo, según muchos, en ese «mundo simulado» del que habla el pensador francés Brouillard, cada vez con menos capacidad para distinguir el mundo real y el reproducido artificialmente por los medios de comunicación. Pero hay algo más grave. La televisión nos está privando de nuestras propias imágenes, nuestro lenguaje y nuestro pensamiento propio. Todo se nos impone desde fuera, y corremos el riesgo de convertirnos en esos «analfabetos satisfechos» de los que habla el sociólogo norteamericano N. Postman, experto en mass media.

En este contexto cobra nueva fuerza la llamada de Jesús: «Vigilad». No basta alimentarse del último «flash» televisivo. No todo ha de ser entretenimiento o diversión. Para ser humana, la persona necesita cultivar el espíritu, escuchar su conciencia, alimentar otras dimensiones, abrirse al misterio, acoger a Dios. Esta es la llamada profunda de este tiempo de Adviento que hoy comienza.

José Antonio Pagola

 

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