EL LENGUAJE DE DIOS

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Nuestro Dios no es hermético, lejano, silencioso… «Dios es Amor» dice S. Juan y el amor es comunicación, diálogo, palabra cercana y entrañable que se nos ha dicho en Jesús.

Por eso hay que aprender el lenguaje de Dios, hay que caminar con la atención vigilante de quien sabe que Él habla en la Escritura y en la liturgia, en el periódico y en el hermano, en el tráfico de la ciudad y en el secreto del propio corazón.

  • Desde la mañana entra en el “juego” de descubrir a Dios que te habla: escucha a fondo a los otros, presta más atención a las pequeñas cosas y acontecimientos del día. Por la noche, para  unos momentos y trata de reconocer qué “voz” de Dios has
  • Dedica un rato que estés relajado y tranquilo a escuchar amistosamente a tu propio Hazte consciente de lo que te dice a través de tus sensaciones de cansancio, dolor, armonía, quietud… Escucha esas sensaciones sin rechazarlas ni razonar sobre ellas. También por medio de tu cuerpo Dios se comu­ nica contigo.
  • El domingo, vive la eucaristía escuchando: los cantos, las lecturas, las peticiones, las oraciones.. . Quédate con una frase, sólo con una que te haya llegado más dentro. Escríbela y colócala en un lugar visible de tu cuarto, trata de recordarla a lo largo de la semana y busca cómo responder a ella.
  • El evangelio es una llamada apremiante a entrar en una relación nueva con el universo material que nos rodea y estrenar un contacto distinto con las Y eso se aprende también en la oración, una oración que tiene que llegar a nuestras manos, enfermas de posesión y de prisa, y transfigurarlas. Y cuando sean capaces de acariciar y de jugar, en vez de arrancar la utilidad de las cosas, cuando sean capaces de cuidar y respetar el ritmo misterioso de la vida, entonces serán de verdad espirituales. Y es que entonces podremos prorrogar a través de ellas la ternura y el cuidado del Padre por todo lo que existe.

 Adaptado de D. ALEIXANDRE Y T. BERRUETA,  Iniciar en la oración. CCS. Madrid 1999

 

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