La puerta

Lucas 13: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.”

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Siempre hay una pregunta por esta puerta estrecha, de la que habla Jesús. Es intrigante y atractiva; es un imán ladrón que tira de uno; es un imposible, por la fragilidad, la falta de concentración y la ausencia de constancia. A veces, desata sueños increíbles y deseos de aventura en su conquista; y otras, te deja tirado o decepcionado por no comprender ni mantener el interés suficiente por ella. Evoca un poema de Antonio Machado: “La fuente sonaba. Rechinó en la vieja cancela mi llave; con agrio ruido abriose la puerta de hierro mohoso y, al cerrarse, grave golpeó el silencio de la tarde muerta. En el solitario parque, la sonora copia borbollante del agua cantora me guió a la fuente. La fuente vertía sobre el blanco mármol su monotonía.” Esa puerta daba a la fuente. ¿Qué esconde la puerta que nos invita a traspasar el Señor? Jesús utiliza este tipo de metáforas llenas de belleza, de evocación, atractivas, comprensibles, humildes y soñadoras.

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Él quiere que sus amigos, sus pobres y pecadores oyentes, despierten, y vivan la fe como un gran juego, lleno de emoción y participación, de búsquedas y fantasías. Quiere que los que andamos como muertos, despertemos a una vida nueva, renazcamos, y nos hagamos como niños gracias al despertar de la fe confiada en su Abba, nuestro Padre. Él es la fuente del agua cantora y viva; fuente de gracia que nos espera en un parque blanco de descanso, paz y sosiego compartido, al otro lado de la puerta. Él es la fuente, el camino, la puerta, el tesoro, la perla, el grano de mostaza, la semilla, el pan, el vino, la casa, la resurrección, la vida. “Venid a mí.”

Somos invitados a entrar con Él, tras pasar juntos la puerta estrecha, y a encontrarnos allí con los amados hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.” Sentados a su mesa. También Él es la Mesa. Lo saben los que celebran el domingo la Eucaristía: sentados entorno a la mesa, al altar, símbolo de Cristo Resucitado. El domingo, al entrar por la puerta estrecha de la parroquia, nos adentramos en la contemplación de su Reino. Ahí, sentados a su Mesa, en torno a Cristo, hacemos presente el momento definitivo, que vendrá al final con su Reino. Mucha y maravillosa fantasía, muchas imágenes increíbles, nos regala Cristo para enamorar nuestro corazón y atraerle para que camine el camino de la Vida y adelgace lo más posible. Así entrará por la puerta estrecha del Reino.

Eso mismo había profetizado Isaías 66: “Esto dice el Señor: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua, despacharé supervivientes a las costas lejanas: y anunciarán mi gloria a las naciones.” Con Jesús, el Mesías esperado, se hace posible el cumplimiento de la profecía. Con Cristo ya no hay tiempo. Sólo un ahora continuo, un presente vivo y eterno. Los que son criaturas nuevas por el bautismo saben que viven ya en su Reino, el tiempo de Cristo. Por eso los cristianos vivimos en permanente alabanza. Sabemos que los pueblos alabarán y darán gracias a Dios por sus maravillas entre nosotros y por el caudal de misericordia que derrama en favor de la humanidad y especialmente de los pobres. Salmo 116: “Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. Firme es su misericordia, y su fidelidad dura siempre.”

Vuelve a esa puerta que no deja de atraerte ni de potenciar lo mejor que tienes en ti, aunque te aparezca de modo sorprendente e inesperado cuando la buscas. La carta a los Hebreos 12, habla de la necesidad de dejarse orientar por los hermanos en el camino que nos acerca a la puerta (paso la cita al singular y que así te des por aludido): “Acepta la corrección, porque Dios te trata como a hijo. Por eso, fortalece las manos débiles, robustece las rodillas vacilantes, y camina por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.” Eres tratado con ternura por la mano amiga de Dios, que te llega, tanto de la mano de tus amigos, hermanos, consejeros o comunidades, como de tus sueños o visiones, tus silencios o comprensiones, tus búsquedas o intuiciones; del aporte del Espíritu Santo en tu noche o del desierto de tu vida. La corrección fraterna, las palabras orientadoras que te llegan desde tan diversos ángulos, te encaminan hacia la puerta, que es estrecha. Y, ¿por qué es estrecha? Está pensada para que la encuentren y traspasen los últimos: “Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.”

La Puerta y Tú:

  1. Esmérate en dejarte enganchar y atrapar por la poesía, las metáforas, las parábolas y la belleza narrativa de Jesús.
  2. Busca la puerta estrecha. Sólo ella te permitirá desvelar y vivir la verdadera anchura de tu corazón y del corazón de Dios. “Tú que en el aprieto, me diste anchura” (salmo 4)
  3. La puerta la encontrarás entre los pequeños, los adelgazados por la pobreza, los descartados, los pecadores que lloran en secreto por su pecado, los trasparentes porque no tienen doble vida ni nada que ocultar o tapar, los violentados, los que buscan cartones para dormir cada noche, los que arriesgando la vida cruzan mares y desiertos…
  4. Él es la puerta. “Yo soy la puerta… entra por mí…” Adelgaza tu vida, si pretendes entrar en el redil de la misericordia.

Antonio García Rubio.

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