Sobrer el silencio

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Hace unos años, era absolutamente obvio que la voz de Dios se escucha mejor en el silencio, que los Ejercicios deben hacerse en silencio, aunque eso ya no es tan obvio para muchos.

El silencio es una disciplina del oído, más que de la lengua. Silenciamos nues­ tra lengua para poder oír mejor. ¡Qué difíc  es apreciar los sonidos tenues cuan­ do estamos hablando! Ahora bien, la voz de Dios es un sonido sumamente tenue y delicado, sobre todo para unos oídos no habituados a ella. Si nuestros oídos no están habituados a escuchar la voz de Dios, entonces tenemos una especial nece­ sidad de silencio. Un director de orquesta detectará el sonido de un instrumento tan delicado como la fl a pesar del estruendo de la orquesta. En cambio, el oído no habituado necesita escuchar únicamente el sonido de la fl    durante alg tiempo, antes de poder reconocerlo entre todos los demás sonidos de la orquesta. Y nosotros necesitamos escuchar la voz de Dios en el silencio durante alg tiempo si queremos poder detectarlo más tarde en medio del estrépito de la vida cotidiana.

El hombre moderno encuentra el silencio especialmente molesto: le resulta dif cil permanecer tranquilamente a solas consigo mismo, y siente constantemente la comezón de andar de un lado para otro, de hacer alg   de decir alg  … ; no puede estar inactivo y, consiguientemente, la mayor parte de su actividad no es todo lo libre, creativa y  dinámica que a él le gusta imaginar, sino que es compulsiva. Cuando uno adquiere la capacidad de estar tranquilo y en silencio, entonces es libre de actuar o dejar de actuar, de hablar o permanecer callado, y sus palabras y su actividad adquieren una nueva profundidad y una nueva fuerza.

 A. DE MELLO, Contacto con Dios. Sal Terrae 1992.

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