Buena noticia para el 14 de mayo

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San Juan (14,1-12):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:    «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

Palabra del Señor

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El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo

Caminemos intrépidamente hacia nuestro Redentor, Jesus; caminemos intrépidamente hacia aquella asamblea de los santos, hacia aquella reunión de los justos. Pues nos encaminaremos al encuentro con nuestros padres, al encuentro con los preceptores de nuestra fe: y si tal vez no podemos exhibir obras, que la fe venga en ayuda nuestra y la heredad nos defienda. Porque el Señor será la luz de todos; y aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Nos encaminaremos allí donde el Señor Jesús preparó estancias para sus humildes siervos, para que donde él esté estemos también nosotros. Tal fue su voluntad. Cuáles sean esas estancias, óyeselo decir a él mismo: En casa de mi Padre hay muchas estancias. Y ¿cuál es su voluntad? Volveré —dice— y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.

Pero me objetarás que hablaba únicamente a los discípulos, que sólo a ellos les prometió las muchas estancias. Entonces, ¿es que sólo las preparaba para los Once? Y cómo se cumplirá aquello de que vendrán de todas partes y se sentarán en el reino de Dios? ¿Es que podemos dudar de la eficacia de la voluntad divina? Pero, en Cristo, querer y hacer son una misma cosa. Seguidamente les señaló el camino, les indicó el sitio, diciendo: Y donde yo voy, ya sabéis el camino. El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo, como él mismo dijo: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.

Adentrémonos por este camino, mantengamos la verdad, vayamos tras la vida. Es camino que conduce, verdad que confirma, vida que se entrega. Y para que conozcamos sus verdaderos planes, al final del discurso añade: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria. Padre: esta repetición es confirmatoria, lo mismo que aquello: ¡Abrahán, Abrahán! Y en otro lugar: Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes. Bellamente pide aquí lo que antes había prometido. Y este primero prometer y luego pedir, y no a la inversa, primero pedir y luego prometer, es un prometer como árbitro del don, consciente de su propio poder; pide al Padre como intérprete de la piedad. Prometió primero, para que conozcas su poder; luego pidió, para que caigas en la cuenta de su piedad. No pidió primero y luego prometió, para que no pareciera que prometía lo que previamente había impetrado, más bien que otorgaba lo que antes había prometido. Ni consideres superfluo que pidiera, pues de esta manera te expresa su comunión con la voluntad del Padre, lo cual es una prueba de unidad, no un aumento de poder.

Te seguimos, Señor Jesús; pero llámanos para que podamos seguirte, ya que sin ti nadie puede subir. Porque tú eres el camino, la verdad, la vida, la posibilidad, la fe, el premio. Recibe a los tuyos como el camino, confírmalos como la verdad, vivifícalos como la vida.

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre el bien de la muerte (Cap 12, 52-55: CSEL 32, 747-750)

 

¡Tanto  tiempo que estoy con vosotros, y no me conoces!

«Yo soy el camino.» ¿Por qué? Porque «nadie va al Padre sino es por mí». «Yo  soy la verdad.» ¿Cómo es esto? Porque nadie conoce al Padre, si no por mí: «nadie  conoce al Padre, si no el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt  11,27)… «Yo soy la vida», porque nadie tiene la vida, si no por mí. «Si me  conocéis, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora usted lo conocéis y lo habéis  visto.»

Jesús nos dice: ¿Queréis venir al Padre? ¿Queréis conocerlo? Conocedme  primero, a mi al que veis, y así conoceréis después al que todavía no veis. Ya lo  habéis visto, pero no a él mismo; lo habéis visto en mí. Lo habéis visto, pero en  espíritu y por la fe. Es él quien habla en mí, porque no hablo de mismo. Cuando me  escucháis, lo veis; porque, cuando se trata de realidades espirituales, no hay  diferencia entre ver y oír: el que oye, ve lo que oye. Así, veis al Padre cuando lo  escucháis hablar en mí. Y desde ahora lo conocéis, porque permanece en vosotros,  y porque está en vosotros.

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre; y nos basta». Felipe deseaba ver  al Padre no sólo en espíritu, por los ojos de la fe, sino también con sus ojos de  carne. Moisés, también, había dicho: «Si he encontrado gracia a tus ojos,  muéstrame tu rostro para que te conozca» Y el Señor respondió: «Nadie puede  verme y quedar con vida» (Ex 33,18-20). Aquí Jesús le dice a Felipe: «¡Tanto  tiempo que estoy con vosotros, y no me conoces!, Felipe, el que me ha visto a mí,  ha visto al Padre». Felipe hablaba de la visión de los sentidos; Cristo lo llama a la  visión interior, lo invita a acogerlo con los ojos del alma. Hace tanto tiempo que  estoy con vosotros; hace tanto tiempo que vivo con vosotros; hace tanto tiempo  que os he revelado mi divinidad y mi potencia por mis palabras, por los signos y los  milagros, y ¿no me conocéis? Felipe, el que me ve, no con sus ojos de carne, como  tú crees, sino con los ojos de su corazón, como yo te lo digo, ése ve al Padre.

San Bruno de Segni, Comentario al Evangelio de Juan : PL 165, 562

 

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Buena Noticia para el Domingo IV de Pascua

Jn 10,1-10

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Evangelio:
«Jesús añadió: «»Os aseguro que el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que se mete por otro lado, es ladrón y salteador. El que entra por la puerta, ése es el pastor que cuida las ovejas. El guarda le abre la puerta, y el pastor llama a cada oveja por su nombre y las ovejas reconocen su voz. Él las saca del redil, y cuando ya han salido todas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque reconocen su voz. En cambio no siguen a un extraño, sino que huyen de él porque no conocen la voz de los extraños”. Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Volvió Jesús a decirles: «»Os aseguro que yo soy la puerta por donde entran las ovejas. Todos los que vinieron antes de mí fueron ladrones y salteadores, pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que por mí entra será salvo; entrará y saldrá, y encontrará pastos. El ladrón viene solamente para robar, matar y destruir; pero yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.»

 

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Las Ovejas conocen su voz

Se ha dicho que el problema del hombre moderno es un problema de ruido. Envuelto en ruido exterior e interior, agitado por toda clase de estímulos y sensaciones, llevado de una parte a otra por la ansiedad y las prisas, el hombre de nuestros días se ha quedado sin silencio y no sabe cómo curarse de esta grave enfermedad que comienza a arruinar su ser.

El ruido impide a la persona conocerse debidamente a sí misma pues obstaculiza el acceso a su mundo interior. El individuo no tiene oído para escuchar lo mejor de sí mismo. Así hablaba hace unos años aquel gran Papa que fue Pablo VI: «Nosotros, hombres modernos, estamos demasiado extrovertidos, vivimos fuera de nuestra casa e incluso hemos perdido la llave para volver a entrar en ella.»

Al mismo tiempo, el ruido aliena a la persona, pues la disgrega, introduce en ella confusión y la hace vivir desde lo exterior. El hombre sin silencio y sosiego interior corre el riesgo de vivir dirigido desde fuera. Se convierte en un ser vulnerable al que falta consistencia interior y profundidad. Cualquier acontecimiento negativo puede hacerle perder estabilidad.

Por otra parte, al hombre ruidoso se le hace difícil el encuentro con Dios. Pierde el contacto con su núcleo interior; no acierta a escuchar con claridad la voz de su conciencia ni su anhelo de infinito; su religiosidad se hace cada vez más superficial. El problema de no pocas personas indiferentes y desencantadas de Dios es un problema de ruido interior.

El silencio es imprescindible si la persona quiere vivir con cierta hondura. El sosiego interior ayuda a la persona a encontrarse consigo misma y escuchar sus verdaderos deseos. Un cuerpo relajado, una mente serena, un espíritu pacificado ayudan a curarse de muchos problemas, pues permiten enfrentar- se a ellos con más fuerza interior. El silencio, la atención a nuestro mundo interior, la meditación abren el acceso a todo lo más humano.

La fe en Jesucristo es posible, cuando de alguna manera, se escucha su voz aunque sea de manera casi imperceptible. En el cuarto evangelio se recogen estas palabras de Jesús: «Las ovejas siguen al pastor porque conocen su voz» (Jn 10, 4). Cuando se vive lleno de ruido interior y exterior es difícil escuchar esa voz.

.José Antonio Pagola

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Comentario:
«Lectura: “El pastor llama a cada oveja por su nombre”.
Meditación: Todos tenemos un pastor y maestro interior. Para tener una vida cumplida sólo es preciso escuchar esa voz interior y obedecerla, haciendo caso omiso a voces extrañas que no provienen de esa profundidad. “Yo soy la puerta”, dice Cristo. “Y mi Reino está dentro de vosotros.” Orar contemplativamente o meditar es peregrinar hacia esa puerta, divisarla, acercarse a su umbral. Meditar es encontrar los prados que hay tras ella, maravillarse ante su belleza y, en el mejor de los casos, adentrarse y perderse en ellos hasta descubrir que no había ninguna puerta.
Oración: Llámame, Señor, cuando veas que me extravío, y hazme volver de nuevo a tu Camino.
Acción: Cuando encuentres a un hermano o hermana perdido, hazle escuchar la voz del Pastor bueno, indícale la Puerta y deja que siga su Camino.                            Pablo d´Ors
«

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Buena Noticia para el Domingo 3º de Pascua

Lc 24,13-35

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Evangelio:
«Dos de los discípulos se dirigían aquel mismo día a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar a su lado. Pero, aunque le veían, algo les impedía reconocerle. Jesús les preguntó: “¿De qué venís hablando por el camino?”. Se detuvieron tristes, y uno de ellos llamado Cleofás contestó: “Seguramente tú eres el único que, habiendo estado en Jerusalén, no sabe lo que allí ha sucedido estos días”. Les preguntó: “¿Qué ha sucedido?”. Le dijeron: “Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él fuese el libertador de la nación de Israel, pero ya han pasado tres días desde entonces. Sin embargo, algunas de las mujeres que están con nosotros nos han asustado, pues fueron de madrugada al sepulcro y no encontraron el cuerpo; y volvieron a casa contando que unos ángeles se les habían aparecido y les habían dicho que Jesús está vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron todo como las mujeres habían dicho, pero no vieron a Jesús”. Jesús les dijo entonces: “¡Qué faltos de comprensión sois y cuánto os cuesta creer todo lo que dijeron los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?”. Luego se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él, comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas. Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como si fuera a seguir adelante; pero ellos le obligaron a quedarse, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y se está haciendo de noche”. Entró, pues, Jesús, y se quedó con ellos. Cuando estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció. Se dijeron el uno al otro: “¿No es cierto que el corazón nos ardía en el pecho mientras nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras? Sin esperar a más, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once apóstoles y a los que estaban con ellos. Éstos les dijeron: “Verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús al partir el pan.»

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La Tentación de la huida

Se les abrieron los ojos.

No son pocos los que miran hoy a la Iglesia con pesimismo y desencanto. No es la que ellos desearían. Una Iglesia viva y dinámica, fiel a Jesucristo, comprometida realmente en construir una sociedad más humana.

La ven inmóvil y desfasada, excesivamente ocupada en defender una moral obsoleta que ya a pocos interesa, haciendo penosos esfuerzos por recuperar una credibilidad que parece encontrarse «bajo mínimos».

La perciben como una institución que está ahí casi siempre para acusar y condenar, pocas veces para ayudar e infundir esperanza en el

corazón humano.

La sienten con frecuencia triste y aburrida y, de alguna manera, intuyen con G. Bernanos que «lo contrario de un pueblo cristiano es un pueblo triste».

La tentación fácil es el abandono y la huida. Algunos hace tiempo que lo hicieron, incluso de manera ostentosa. Hoy afirman casi con orgullo creer en Dios, pero no en la Iglesia.

Otros, tal vez, se van distanciando de ella poco a poco, «de puntillas y sin hacer ruido». Sin advertirlo apenas nadie, se va apagando en su corazón el afecto y la adhesión de otros tiempos.

Ciertamente, sería una equivocación alimentar en estos momentos un optimismo superficial e ingenuo, pensando que llegarán tiempos mejores. Más grave aún sería cerrar los ojos e ignorar la mediocridad y el pecado de la Iglesia.

Pero nuestro mayor pecado sería «huir hacia Emaús», abandonar la comunidad y dispersarnos cada uno por su camino, movidos sólo por la decepción y el desencanto.

Hemos de aprender «la lección de Emaús». La solución no está en abandonar la Iglesia, sino en rehacer nuestra vinculación con algún grupo cristiano, comunidad, movimiento o parroquia donde poder compartir y reavivar nuestra esperanza.

Donde unos hombres y mujeres caminan preguntándose por Jesús y ahondando en su mensaje, allí se hace presente el Resucitado. Es fácil que un día, al escuchar el evangelio, sientan de nuevo «arder su corazón».

Donde unos creyentes se encuentran para celebrar juntos la eucaristía, allí está el Resucitado alimentando sus vidas. Es fácil que un día «se abran sus ojos» y lo vean.

Por muy muerta que aparezca ante nuestros ojos, en la Iglesia habita el Resucitado. Por eso, también aquí tienen sentido los versos de A. Machado: «Creí mi hogar apagado, revolví las cenizas…, me quemé la mano».

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José Antonio Pagola

 

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«Lectura: “Se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús”.
Meditación: Cristo no se aparece diciendo: “Yo soy la verdad”, autoproclamándose el Resucitado ante sus discípulos desconcertados y confundidos por la pérdida. No. Él pregunta: “¿De qué venís hablando por el camino?” Si en lugar de empeñarnos en anunciar nuestra Buena Noticia haciendo oídos sordos a las personas a quienes se la anunciamos, si en la Iglesia nos interesáramos verdaderamente por los destinatarios de nuestro mensaje, entonces es más que probable que esa semilla del Anuncio fructificaría mucho mejor.
Oración: Cuando esté triste y sin fuerzas, concédeme, Señor, encontrarte en quien me tiende la mano para confortarme y darme ánimos.
Acción: Plantéate hoy ser un buen evangelizador, piensa en qué quieres transmitir y a quién. Los dos elementos son básicos. Jesús lo tenía claro.»               Pablo d´Ors

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Buena Noticia para el Domingo II de Pascua

Jn 20,19-31

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Evangelio:
«Al llegar la noche de aquel mismo día, primero de la semana, los discípulos estaban reunidos y tenían las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo: “¡Paz a vosotros!”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y ellos se alegraron de ver al Señor. Luego Jesús dijo de nuevo: “¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros”. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar”. Tomás, uno de los doce discípulos, al que llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Después le dijeron los otros discípulos: “Hemos visto al Señor”. Tomás les contestó: “Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi dedo en ellas y mi mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días después se hallaban los discípulos reunidos de nuevo en una casa, y esta vez también estaba Tomás. Tenían las puertas cerradas, pero Jesús entró, y poniéndose en medio de ellos los saludó diciendo: “¡Paz a vosotros!”. Luego dijo a Tomás: “Mete aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado. ¡No seas incrédulo, sino cree!”. Tomás exclamó entonces: “¡Mi Señor y mi Dios!”. Jesús le dijo: “¿Crees porque me has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber visto!”. Jesús hizo otras muchas señales milagrosas delante de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en él”.»

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Comentario:
«Lectura: “¡Mi Señor y mi Dios!”
Meditación: Tomás no está presente en la primera aparición, no está avalado por la experiencia personal. Quiere verificar, comprobar, hacer algunas pruebas o experimentos; no quiere que le tomen por un tonto o por un ingenuo. La nueva revelación sucede una vez más con las puertas cerradas, puesto que es Él quien nos busca, más que nosotros. El Maestro dice: “mete las manos en las heridas de los hombres en quienes Él sufre, húndete en el dolor ajeno, no huyas de las tinieblas del mundo y descubrirás que merece la pena confiar”.
Oración: Que no deje, Señor, que el miedo cierre las puertas de mi corazón a la gran alegría de tu Resurrección. Dame coraje y muéstrame la vida que existe tras los signos de muerte que veo.
Acción: Lleva y desea hoy la paz a quienes se crucen en tu camino. Comparte con ellos también tu alegría y tu fe.                                                                                        Pablo d´Ors

No ocultar al Resucitado

Se llenaron de alegría al ver al Señor.

María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.

El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a cerrar bien todas las puertas. Sólo buscan seguridad. Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.

Clic para leer el Diario de Santa Maria Faustina Kowalska

No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Sólo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.

Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor». Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.

A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces sólo escuchamos lo que dice el predicador.

En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.

Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos.

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José Antonio Pagola

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¡RESUCITÓ! ¡Aleluya!

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 Evangelio Jn 20,1-9:

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El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio quitada la piedra que tapaba la entrada. Corrió entonces a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, aquel a quien Jesús quería mucho, y les dijo: “¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se agachó a mirar y vio allí las vendas, pero no entró. Detrás de él llegó Simón Pedro, que entró en el sepulcro. Él también vio allí las vendas, y vio además que la tela que había servido para envolver la cabeza de Jesús no estaba junto a las vendas, sino enrollada y puesta aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio lo que había pasado y creyó. Y es que todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que él tenía que resucitar.

 

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Comentario:

«Lectura: “Todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que él tenía que resucitar”.
Meditación: Vieron y creyeron. Pero, ¿qué es lo que vieron? Una tela y unas vendas. Un sepulcro vacío. La fe cristiana tiene su fundamento en ese vacío explorado a la Luz de las Escrituras. Sólo porque los discípulos dan a esas vendas y a esa tela su verdadera significación pueden luego experimentar que Él está vivo. Nosotros somos esos discípulos que corremos hacia ese vacío que es la muerte, en cuya entraña nos espera la plenitud. La historia es como un largo sábado santo que prepara al domingo eterno de la verdadera Vida.
Oración: Ayúdanos, Padre, a descubrir tu Vida en las cosas más mundanas, a llenar nuestros ojos de fe y a entender lo que nos dices a través de tantas mediaciones.
Acción: Repasa tu vida y busca los vacíos que te pueden hacer experimentar la presencia de Dios.»                                                                                                             Pablo dÓrs

 

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No sabemos dónde lo han puesto.

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Según Lucas, éste es el mensaje que escuchan las mujeres en el sepulcro de Jesús. Sin duda, el mensaje que hemos de escuchar también hoy sus seguidores. ¿Por qué buscamos a Jesús en el mundo de la muerte? ¿Por qué cometemos siempre el mismo error?

¿Por qué buscamos a Jesús en tradiciones muertas, en fórmulas anacrónicas o en citas gastadas? ¿Cómo nos encontraremos con él, si no alimentamos el contacto vivo con su persona, si no captamos bien su intención de fondo y nos identificamos con su proyecto de una vida más digna y justa para todos?

¿Cómo nos encontraremos con el que vive, ahogando entre nosotros la vida, apagando la creatividad, alimentando el pasado, autocensurando nuestra fuerza evangelizadora, suprimiendo la alegría entre los seguidores de Jesús?

¿Cómo vamos a acoger su saludo de Paz a vosotros, si vivimos descalificándonos unos a otros? ¿Cómo vamos a sentir la alegría del resucitado, si estamos introduciendo miedo en la Iglesia? Y, ¿cómo nos vamos a liberar de tantos miedos, si nuestro miedo principal es encontramos con el Jesús vivo y concreto que nos transmiten los evangelios?

¿Cómo contagiaremos fe en Jesús vivo, si no sentimos nunca arder nuestro corazón, como los discípulos de Emaús? ¿Cómo le seguiremos de cerca, si hemos olvidado la experiencia de reconocerlo vivo en medio de nosotros, cuando nos reunimos en su nombre?

¿Dónde lo vamos a encontrar hoy, en este mundo injusto e insensible al sufrimiento ajeno, si no lo queremos ver en los pequeños, los humillados y crucificados? ¿Dónde vamos a escuchar su llamada, si nos tapamos los oídos para no oír los gritos de los que sufren cerca o lejos de nosotros?

Cuando María Magdalena y sus compañeras contaron a los apóstoles el mensaje que habían escuchado en el sepulcro, ellos no las creyeron. Este es también hoy nuestro riesgo: no escuchar a quienes siguen a un Jesús vivo.

José Antonio Pagola

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