Domingo IV de cuaresma

Evangelio: Jn 9,1-41

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«Yendo de camino vio Jesús a un hombre que había nacido ciego. Los discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?”. Jesús les contestó: “Ni por su propio pecado ni por el de sus padres, sino para que en él se demuestre el poder de Dios. Mientras es de día tenemos que hacer el trabajo que nos ha encargado el que me envió; luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo”. Dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y untó con él los ojos del ciego. Luego le dijo: “Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: ‘Enviado’)”. El ciego fue y se lavó, y al regresar ya veía. Los vecinos y los que otras veces le habían visto pedir limosna se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”. Unos decían: “Sí, es él”. Y otros: “No, no es él, aunque se le parece”. Pero él decía: “Sí, soy yo”. Le preguntaron: “¿Y cómo es que ahora puedes ver?”. Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: ‘Ve al estanque de Siloé y lávate.’ Yo fui, me lavé y comencé a ver”. Unos le preguntaron: “¿Dónde está ese hombre?”. Él respondió: “No lo sé”. El día en que Jesús hizo lodo y dio la vista al ciego, era sábado. Por eso llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, y ellos le preguntaron cómo era que podía ver. Les contestó: “Me puso lodo sobre los ojos, me lavé y ahora veo”. Algunos fariseos dijeron: “El que hizo eso no puede ser de Dios, porque no respeta el sábado”. Pero otros decían: “¿Cómo puede alguien, siendo pecador, hacer esas señales milagrosas?”. De manera que estaban divididos. Volvieron a preguntar al que había sido ciego: “Puesto que te ha dado la vista, ¿qué dices tú de ese hombre?”. “Yo digo que es un profeta” -contestó. Pero los judíos no quisieron creer que se trataba del mismo ciego, que ahora podía ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo? ¿Decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”. Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego, pero no sabemos cómo es que ahora ve, ni tampoco sabemos quién le dio la vista. Preguntádselo a él, que ya es mayor de edad y puede responder por sí mismo”. Sus padres dijeron esto por miedo, porque los judíos se habían puesto de acuerdo para expulsar de la sinagoga a cualquiera que reconociese a Jesús como el Mesías. Por eso dijeron sus padres: “Ya es mayor de edad; preguntádselo a él”. Los judíos volvieron a llamar al que había sido ciego y le dijeron: “Reconoce la verdad delante de Dios: nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Él les contestó: “Yo no sé si es pecador o no. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo”. Volvieron a preguntarle: “¿Qué te hizo? ¿Qué hizo para darte la vista?”. Les contestó: “Ya os lo he dicho, pero no me hacéis caso. ¿Para qué queréis que lo repita? ¿Es que también vosotros queréis seguirle?”. Entonces le insultaron y le dijeron: “¡Tú sigues a ese hombre, pero nosotros seguimos a Moisés! Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés, pero ése ni siquiera sabemos de dónde ha salido”. El hombre les contestó: “¡Qué cosa tan rara, que vosotros no sabéis de dónde ha salido y a mí me ha dado la vista! Bien sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino solamente a quienes le adoran y hacen su voluntad. Nunca se ha oído decir de nadie que diera la vista a un ciego de nacimiento: si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”. Le dijeron entonces: “Tú, que naciste lleno de pecado, ¿quieres darnos lecciones a nosotros?”. Y lo expulsaron de la sinagoga. Jesús se enteró de que habían expulsado de la sinagoga a aquel ciego. Cuando se encontró con él le preguntó: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?”. Él le dijo: “Señor, dime quién es, para que crea en él”. Le contestó Jesús: “Ya le has visto. Soy yo, con quien estás hablando”. El hombre le respondió: “Creo, Señor”, y se puso de rodillas delante de él. Dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y los que ven se vuelvan ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban reunidos con él le preguntaron: “¿Acaso nosotros también somos ciegos?”. Jesús les contestó: “Si fuerais ciegos, no tendríais la culpa de vuestros pecados; pero como decís que veis, sois culpables”.»

 

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Comentario:

Lectura: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.
Meditación: Existe una clara lectura social de este texto: Jesús recupera a los marginales de la sociedad, invitándonos de este modo a buscarle en la periferia. Pero también es posible una lectura simbólica, posiblemente más profunda: el ciego es una alegoría del discípulo, a quien Jesús, por su poder, abre los ojos. El ciego de este evangelio nos trae a la memoria nuestra propia ceguera, nuestras búsquedas en medio de oscuridades de todo género, nuestro pasar años estancados sin avanzar en absoluto, nuestras torpezas para distinguir lo más conveniente, nuestros gritos de auxilio cuando andamos desesperados…
Oración: Dame, Señor, más amor y abre mis ojos para que vea el mundo y a los demás como lo haces tú.
Acción: Busca la luz de Dios en aquellos que parecen distantes de Él.

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Jesús es para excluidos

Fue a buscarlo.

Es «ciego de nacimiento». No sabe lo que es la luz. Nunca la ha conocido. Ni él ni sus padres tienen la culpa, pero allí está él, sentado, pidiendo limosna. Su destino es vivir en tinieblas.

Un día, al pasar Jesús por allí, ve al ciego. El evangelista dice que Jesús es nada menos que la «Luz del mundo». Tal vez recuerda las palabras del viejo profeta Isaías asegurando que un día llegaría a Israel alguien que «gritaría a los cautivos: ¡salid! y a los que están en tinieblas: ¡venid a la luz!».

Jesús trabaja los ojos del pobre ciego con barro y saliva para infundirle su fuerza vital. La curación no es automática. También el ciego ha de colaborar. Hace lo que Jesús le medica: se lava los ojos, limpia su mirada y comienza a ver.

Cuando la gente le pregunta quién lo ha curado, no sabe cómo contestar. Ha sido «un hombre llamado Jesús». No sabe decir más. Tampoco sabe dónde está. Sólo sabe que, gracias a este hombre, puede vivir la vida de manera completamente nueva. Esto es lo importante.

Cuando los fariseos y entendidos en religión le acosan con sus preguntas, el hombre contesta con toda sencillez: pienso que «es un profeta». No lo sabe muy bien, pero alguien capaz de abrir los ojos tiene que venir de Dios. Entonces los fariseos se enfurecen, lo insultan y lo «expulsan» de su comunidad religiosa.

La reacción de Jesús es conmovedora. «Cuando se enteró de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo». Así es Jesús. No lo hemos de olvidar nunca: el que viene al encuentro de los hombres y mujeres que se sienten echados de la religión. Jesús no abandona a quien lo busca y lo ama, aunque sea excluido de su comunidad religiosa.

El diálogo es breve: «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?». Él está dispuesto a creer. Su corazón ya es creyente, pero lo ignora todo: «¿Y quién es, Señor para que crea en él?». Jesús le dice: no está lejos de ti. «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Según el evangelista, esta historia sucedió en Jerusalén hacia el año treinta, pero sigue ocurriendo hoy entre nosotros en el siglo veintiuno.

 

José Antonio Pagola

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Buena Noticia para el III Domingo de Cuaresma

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Evangelio  según san Juan (4,5-42): :
«Llegó así a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob había dado en herencia a su hijo José. Allí estaba el pozo que llamaban de Jacob. Cerca del mediodía, Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar algo de comer. En esto una mujer de Samaria llegó al pozo a sacar agua, y Jesús le pidió: “Dame un poco de agua”. Pero como los judíos no tienen trato con los samaritanos, la mujer le respondió: “¿Cómo tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?”. Jesús le contestó: “Si supieras lo que Dios da y quién es el que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. La mujer le dijo: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es muy hondo: ¿de dónde vas a darme agua viva? Nuestro antepasado Jacob nos dejó este pozo, del que él mismo bebía y del que bebían también sus hijos y sus animales. ¿Acaso eres tú más que él?”. Jesús le contestó: “Los que beben de esta agua volverán a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, jamás volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré brotará en él como un manantial de vida eterna”. La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua, para que no vuelva yo a tener sed ni haya de venir aquí a sacarla”. Jesús le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve acá”. “No tengo marido” -contestó ella. Jesús le dijo: “Bien dices que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido. Es cierto lo que has dicho”. Al oír esto, le dijo la mujer: “Señor, ya veo que eres un profeta. Nuestros antepasados los samaritanos adoraron a Dios aquí, en este monte, pero vosotros los judíos decís que debemos adorarle en Jerusalén”. Jesús le contestó: “Créeme, mujer, llega la hora en que adoraréis al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén. Vosotros no sabéis a quién adoráis; nosotros, en cambio, sí sabemos a quién adoramos, pues la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora, y es ahora mismo, cuando los que de veras adoran al Padre lo harán conforme al Espíritu de Dios y a la verdad. Pues así quiere el Padre que le adoren los que le adoran. Dios es Espíritu, y los que le adoran deben hacerlo conforme al Espíritu de Dios y a la verdad”. Dijo la mujer: “Yo sé que ha de venir el Mesías (es decir, el Cristo) y que cuando venga nos lo explicará todo”. Jesús le dijo: “El Mesías soy yo, que estoy hablando contigo”. En esto llegaron sus discípulos. Se quedaron sorprendidos al ver a Jesús hablando con una mujer, pero ninguno se atrevió a preguntarle qué quería o de qué hablaba con ella. La mujer dejó su cántaro y se fue al pueblo a decir a la gente: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?”. Entonces salieron del pueblo y fueron adonde estaba Jesús. Mientras tanto, los discípulos le rogaban: “Maestro, come algo”. Pero él les dijo: “Yo tengo una comida que vosotros no sabéis”. Los discípulos comenzaron a preguntarse uno a otros: “¿Será que le han traído algo de comer?”. Pero Jesús les dijo: “Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo. Vosotros decís: ‘Todavía faltan cuatro meses para la siega’, pero yo os digo que os fijéis en los sembrados, pues ya están maduros para la siega. El que siega recibe su salario, y la cosecha que recoge es para la vida eterna, para que igualmente se alegren el que siembra y el que siega. Porque es cierto lo que dice el refrán: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ Yo os envié a segar lo que vosotros no habíais trabajado. Otros fueron los que trabajaron, y vosotros os beneficiáis de su trabajo”. Muchos de los que vivían en aquel pueblo de Samaria creyeron en Jesús por las palabras de la mujer, que aseguraba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así que los samaritanos, cuando llegaron adonde estaba Jesús, le rogaron que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más fueron los que creyeron por lo que él mismo decía. Por eso dijeron a la mujer: “Ahora ya no creemos sólo por lo que tú nos contaste, sino porque nosotros mismos le hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.»

 

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Reflexión

Es bueno para todos tener conocimiento sobre Dios y sobre Jesús: pero eso no es suficiente. El testimonio de otros creyentes también ayuda; pero tampoco es suficiente. Se necesita el encuentro personal, y eso ocurre cuando nos encontramos con Dios en nuestras oraciones personales. El encuentro diario puede ayudarme a pronunciar libremente un Sí, desde mi corazón.

Como la Samaritana, me acerco a mi pozo, llevando mis necesidades y mis dudas. Jesús me da la bienvenida, tal como lo hizo con ella. Conversamos. Él abre su Corazón por mí, y me promete vida verdadera y el agua de la vida. En la misma forma que la vida de esa mujer anónima fue transformada para siempre por su encuentro con Jesús, mi vida también puede ser transformada por su Presencia. Ella debe haber revivido en su imaginación ese encuentro, y si hubiera sabido que Jesús iba a estar todos los días ahí para ella, nunca habría perdido cada oportunidad de verlo. Cuando dos personas buscan la compañía del otro, una historia de amor comienza. Los días rutinarios toman nuevos colores, gracias a la Presencia de Jesús.

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Comentario de Pablo d´Ors:
«Lectura: “Llega la hora en que adoraréis al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén”.
Meditación: La samaritana se escandaliza porque Jesús rompe un doble tabú: por una parte es un hombre que habla a una mujer que no conoce y, por la otra, es un judío que pide algo a un samaritano, siendo pueblos enemistados. Si conocieras el don de Dios… Jesús no se queda en cuestiones históricas o contingentes, sino que salta de nivel y va a las necesidades del alma. Jesús remite a esta mujer al paisaje interior, donde siempre se juega lo esencial. Ése es, precisamente, el nivel en el que estamos llamados a movernos, el del espíritu y la verdad.
Oración: Dame, Jesús, de esa agua viva que borra la sed del alma y la revive. Hazme manantial para  mis hermanos.
Acción: El amor a Dios se demuestra amando a los hermanos y hermanas que pone a nuestro alcance.

 

 

 

 

Para los peques

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Domingo II de Cuaresma

Evangelio:

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Seis días después, Jesús tomó a Pedro y a los hermanos Santiago y Juan, y los llevó aparte a un monte alto. Allí, en presencia de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su rostro brillaba como el sol y sus ropas se volvieron blancas como la luz. En esto vieron a Moisés y Elías conversando con él. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Mientras Pedro hablaba los envolvió una nube luminosa. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Éste es mi Hijo amado, a quien he elegido. Escuchadle”. Al oír esto, los discípulos se inclinaron hasta el suelo llenos de miedo. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”. Entonces alzaron los ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado”.

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Mesitación de Benedicto XVI

Recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso», en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto», para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal y fortalece la voluntad de seguir al Señor. Benedicto XVI, 22 de febrero de 2011.

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«Lectura: “Su rostro brillaba como el sol y sus ropas se volvieron blancas como la luz”.

Meditación: La plenitud de la experiencia espiritual de Cristo no es en soledad, sino en la compañía de Moisés y Elías, dándonos así a entender el evangelista que la propuesta cristiana no supone una novedad radical, sino que se inserta en la tradición del judaísmo. Jesús no viene a derogar o a sustituir, sino a renovar y profundizar las vías del Espíritu y de la humanidad. La iluminación, por otra parte, nunca se queda en sí misma (“hagamos tres tiendas”), sino que siempre es en vistas a la compasión. Ése es precisamente su criterio: tanto más compasivos seremos cuanto mayor sea la luz que hayamos recibido.
Oración: Padre bueno, que mi corazón esté siempre lleno de la luz y la belleza de tu Hijo y mis obras rebosen de amor a los demás.
Acción: Practica la caridad de manera más activa esta semana.»                                                Pablo d´Ors      

Transfiguración de Rafael. Clic en la imagen

Miedo a Jesús

La escena conocida como «la transfiguración de Jesús» concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: «Este es mi Hijo amado»: el que tiene el rostro transfigurado. «Escuchadle a él». No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a él.

«Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto». Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.

La actuación de Jesús es conmovedora: «Se acerca» para que sientan su presencia amistosa. «Los toca» para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: «Levantaos. No temáis». Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.

Es difícil ya ocultarlo. En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.

Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en «odres nuevos» el «vino nuevo» del Evangelio?

Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo «hacer memoria» de él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?

Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. En algunos crece el recelo ante religiosos y religiosas que buscan ser fieles al carisma profético que han recibido de Dios. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?

En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: «Levantaos. No tengáis miedo».

 

José Antonio Pagola

 


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Primer Domingo de Cuaresma

Santo evangelio según san Mateo (4,1-11):

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En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

—————————————————————————- ——– Palabra del Señor

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Benedicto XVI y las tentaciones de Jesús

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Mateo habla de tres tentaciones de Jesús en las que se refleja su lucha interior por cumplir su misión, pero al mismo tiempo surge la pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida

Aquí aparece claro el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades,reconocercomo verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras.

Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmentenuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita.

La cuestión es Dios: ¿es verdad o no que El es el real, la realidad misma? ¿Es El mismo el Bueno, o debemos inventar nosotros mismos lo que es bueno? La cuestión de Dios es el interrogante fundamental que nos pone ante la encrucijada de la existencia humana. ¿Qué debe hacer el Salvador del mundo o qué no debe hacer?: ésta es la cuestión de fondo en las tentaciones de Jesús.

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Jesús es para todos

Tentaciones.

 

       No le resultó nada fácil a Jesús mantenerse fiel a la misión recibida de su Padre, sin desviarse de su voluntad. Los evangelios recuerdan su lucha interior y las pruebas que tuvo que superar, junto a sus discípulos, a lo largo de su vida.

Los maestros de la ley lo acosaban con preguntas capciosas para someterlo al orden establecido, olvidando al Espíritu que lo impulsaba a curar incluso en sábado. Los fariseos le pedían que dejara de aliviar el sufrimiento de la gente y realizara algo más espectacular, «un signo del cielo», de proporciones cósmicas, con el que Dios lo confirmara ante todos.

Las tentaciones le venían incluso de sus discípulos más queridos. Santiago y Juan le pedían que se olvidara de los últimos, y pensara más en reservarles a ellos los puestos de más honor y poder. Pedro le reprende porque pone en riesgo su vida y puede terminar ejecutado.

Sufría Jesús y sufrían también sus discípulos. Nada era fácil ni claro. Todos tenían que buscar la voluntad del Padre superando pruebas y tentaciones de diverso género. Pocas horas antes de ser detenido por las fuerzas de seguridad del templo Jesús les dice así: «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas» (Lucas 22,28).

El episodio conocido como «las tentaciones de Jesús» es un relato en el que se reagrupan y resumen las tentaciones que hubo de superar Jesús a lo largo de toda su vida. Aunque vive movido por el Espíritu recibido en el Jordán, nada le dispensa de sentirse atraído hacia formas falsas de mesianismo.

¿Ha de pensar en su propio interés, o escuchar la voluntad del Padre? ¿Ha de imponer su poder de Mesías, o ponerse al servicio de quienes lo necesitan? ¿Ha de buscar su propia gloria, o manifestar la compasión de Dios hacia los que sufren? ¿Ha de evitar riesgos y eludir la crucifixión, o entregarse a su misión confiando en el Padre?

El relato de las tentaciones de Jesús fue recogido en los evangelios para alertar a sus seguidores. Hemos de ser lúcidos. El Espíritu de Jesús está vivo en su Iglesia, pero los cristianos no estamos libres de falsear una y otra vez nuestra identidad cayendo en múltiples tentaciones.

Identificar hoy las tentaciones de la Iglesia y de la jerarquía, de los cristianos y de sus comunidades; hacernos conscientes de ellas como Jesús; y afrontarlas como lo hizo él, es lo primero para seguirle con fidelidad. Una Iglesia que no es consciente de sus tentaciones, pronto falseará su identidad y su misión. ¿No nos está sucediendo algo de esto? ¿No necesitamos más lucidez y vigilancia para no caer en la infidelidad?

—————————————————————————————————José Antonio Pagola

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Comentario:

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«Lectura: “El hombre vive de toda palabra que sale de los labios de Dios”.
Meditación: Parece que al desierto no se acude en el Nuevo Testamento tanto para tener una experiencia de Dios cuanto para ser tentado o puesto a prueba. Y ¿qué es lo que en el desierto se debe fortalecer? La opción fundamental por el poder de Dios frente a los ídolos. Jesús vence la triple tentación a la que es sometido desenmascarando la falacia de lo que se le propone –su carácter ilusorio– y afianzándose en su convicción de unidad (un solo Señor), así como en su deseo de vivir para esta meta (a Él sólo adoraréis). Cuando las ilusiones se desvanecen (los diábolos se apartan), toda la realidad (los ángeles) se conjura para apoyar su causa.
Oración: “Bendito seas, mi Señor, tú y sólo tú”. Que no me deje tentar por los ídolos que me prometen el éxito. Ayúdame a serte fiel.
Acción: Participa del sacramento de la reconciliación para salir de tu desierto.»

———————————-Pablo d´OrsPalabra y Vida 2017′   © Publicaciones Claretianas

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Buena Noticia para el domingo 26 de febrero

Evangelio según san Mateo (6,24-34):

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gante de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».                                                                                                                                                 —————————————————————————————-Palabra del Señor

Meditación del Papa Francisco

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¡Qué hermoso es esto! ¡Dios no se olvida de nosotros! ¡De ninguno de nosotros! Con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. ¡Qué hermoso pensamiento! Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelismo en la página del Evangelio de Mateo: “Mirad las aves del cielo -dice Jesús-: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. (…) Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos”.

Pensando en tantas personas que viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. ¡Pero en realidad son más que nunca actuales! Nos recuerdan que no se puede servir a dos amos: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Tenemos que oír bien esto. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie le faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por la furia de poseer es un corazón lleno de esta furia de poseer, pero vacío de Dios. Por eso Jesús ha advertido varias veces a los ricos, porque en ellos es fuerte el riesgo de colocar la propia seguridad en los bienes de este mundo. En un corazón poseído por las riquezas, no hay más espacio para la fe. (S.S. Francisco, ángelus del 2 de marzo de 2014)

Meditación del Papa Benedicto XVI

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En nuestra oración, la petición, la alabanza y la acción de gracias deberían darse unidas, incluso cuando parece que Dios no responda a nuestras esperanzas concretas. El abandonarse en el amor de Dios, que nos precede y nos acompaña siempre, es una de las actitudes fundamentales en nuestro diálogo con Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica comenta de esta manera la oración de Jesús en el relato de la resurrección de Lázaro: «Así, apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el -tesoro-, y en Él está el corazón de su Hijo; el don se otorga como -por añadidura-«. También para nosotros, más allá de lo que Dios nos da cuando le invocamos, el don más grande que nos puede dar es su amistad, su presencia, su amor. Él es el tesoro precioso que hay que pedir y custodiar siempre. Benedicto XVI, 14 de diciembre de 2011.

La cultura de lo efimero

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No podemos servir a Dios y al dinero.

Uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos es la aparición constante de nuevos productos en el mercado. La competencia fuerza a los fabricantes a inundar la sociedad de artículos siempre nuevos. Ya no interesa elaborar productos que duren. Es más rentable fabricar objetos efímeros para introducir al poco tiempo modelos mejorados.

Este fenómeno aparentemente poco relevante tiene repercusiones notables en nuestro estilo de vida. De hecho, muchos viven convencidos de que han de adquirir a toda costa los «nuevos modelos» y exhibir algo moderno y original si quieren contar en la sociedad y estar al día. Son personas que se dejan influir por una publicidad que estimula el deseo de no desentonar o el ansia de sobresalir.

Pero, obviamente, para poder comprar al ritmo acelerado en que van saliendo los nuevos artículos, es necesario obtener mayores ingresos. Se cae entonces en la trampa de vivir obsesionados por ganar siempre más, descuidando otros aspectos y valores necesarios para una vida sana y feliz.

Por otra parte, se va introduciendo fácilmente la tendencia a equiparar lo nuevo con lo mejor, y, trasladando erróneamente esta actitud al campo del pensamiento, las costumbres o la religión, se cree que la última novedad es siempre la más valiosa.

Pero hay algo todavía más grave. Casi sin advertirlo, se va imponiendo la costumbre de tirar los objetos tan pronto como han cumplido su función y, a menudo, cuando todavía son utilizables. Vivimos envueltos en una cultura del «tírese después de usado». Todo tiende a ser efímero y transitorio. Una vez de usarlo, hay que buscar el nuevo producto que lo sustituya.

Esta cultura puede estar configurando también nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales. De alguna manera, «se usa» a las personas y fácilmente se las desecha cuando ya no interesan. Amistades que se hacen y deshacen rápidamente según la utilidad. Amores que duran lo que dura el interés y la atracción física. Esposas y esposos abandonados para ser sustituidos por una relación amorosa más excitante.

La advertencia de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», nos pone en guardia frente a los efectos deshumanizadores de una sociedad, en gran parte, consumista y frívola que puede reducir incluso la amistad y el amor a relaciones de intercambio interesado. Quien sirve exclusivamente a sus intereses materiales terminará por no conocer el amor.

—————————————————————————————————–José Antonio Pagola

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