«Nuestra Señora, cambiaste la faz del mundo, a través de tu ‘Sí’, acerca a ti a todos los que quieren decir ‘sí’ contigo para siempre. Tú conoces el precio de esta palabra, haz que no nos alejemos de lo que nos exige; enséñanos a decir “si” como tú, con humildad, sencillez y abandono a la voluntad del Padre. Pídele a tu hijo, Jesús, que nuestros «sí» diarios respondan de manera más perfecta a la voluntad de Dios, para nuestra felicidad y la del mundo entero. Amén.”
De Carlos de Foucauld sobre la Anunciación
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Estabas como la estrella que nunca baila de madrugada y haciendo guardia, besando fuerte tus coordenadas. Estabas como el latido que nunca para, como la rosa que no se marcha cuando el invierno sin luz se alarga. Estabas como la Madre de Dios, estabas como la nana que susurrabas y nunca para.
A la hora de la espada, cuando el miedo nos alcanza, una Madre y un madero, con su Niño cara a cara, con sus lágrimas le abraza, y otro fiat se levanta cuando cruzan las miradas.
A la hora de la espada, cuando el cielo nos araña y se borran tantas huellas en la orilla de la playa, tu silencio y tu presencia dicen más que mil palabras porque estar como tú estabas es el verbo del que ama.
Estabas como la estrella que nunca baila de madrugada y haciendo guardia, besando fuerte tus coordenadas. Estabas como el latido que nunca para, como la rosa que no se marcha cuando el invierno sin luz se alarga. Estabas como la Madre de Dios, estabas como la nana que susurrabas y nunca para.
A la hora de la espada, cuando el miedo nos alcanza, una Madre y un madero, con su Niño cara a cara, con sus lágrimas le abraza, y otro fiat se levanta cuando cruzan las miradas.
A la hora de la espada, cuando el cielo nos araña y se borran tantas huellas en la orilla de la playa, tu silencio y tu presencia dicen más que mil palabras porque estar como tú estabas es el verbo del que ama.
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