Sagrado Corazón de Jesús 2020

El Corazón de Cristo es símbolo de la fe cristiana

El Corazón de Jesús, síntesis de la Encarnación y de la Redención

El Sagrado Corazón, manantial de bondad y de verdad

El Corazón de Jesús, expresión de la buena nueva del amor

El Sagrado Corazón, palpitación de una presencia en que se puede confiar

El decálogo del Corazón de Jesús según Benedicto XVI

 

 

1.- El Corazón de Cristo es símbolo de la fe cristiana, particularmente amado tanto por el pueblo como por los místicos y los teólogos, pues expresa de una manera sencilla y auténtica la «buena noticia» del amor, resumiendo en sí el misterio de la encarnación y de la Redención.

 

2.- La solemnidad litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús es la tercera y última de las fiestas que han seguido al Tiempo Pascual, tras la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu guiado por el mismo Dios.

 

3.- Desde el horizonte infinito de su amor, de hecho, Dios ha querido entrar en los límites de la historia y de la condición humana, ha tomado un cuerpo y un corazón, para que podamos contemplar y encontrar el infinito en el finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno.

 

4.- En mi primera encíclica sobre el tema del amor, el punto de partida ha sido precisamente la mirada dirigida al costado traspasado de Cristo, del que habla Juan en su Evangelio (Cf. 19,37; Deus caritas est, 12).

 

5.- Este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que ha sido el tema de mi segunda encíclica.

 

6.- Toda persona necesita un «centro» para su propia vida, un manantial de verdad y de bondad al que recurrir ante la sucesión de las diferentes situaciones y en el cansancio de la vida cotidiana.

 

7.- Cada uno de nosotros, cuando se detiene en silencio, necesita sentir no sólo el palpitar de su corazón, sino, de manera más profunda, el palpitar de una presencia confiable, que se puede percibir con los sentidos de la fe y que, sin embargo, es mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo.

 

8.- Os invito, por tanto, a cada uno de vosotros a renovar en el mes de junio su propia devoción al Corazón de Cristo.

 

9.- Uno de los caminos para revitalizar esta devoción al Corazón de Cristo es valorar y practicar también la tradicional oración de ofrecimiento del día y teniendo presentes las intenciones que propongo a toda la Iglesia.

 

10.- Junto al Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos invita a venerar el Corazón Inmaculado de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza.

     Síntesis hecha por Jesús de las Heras Muela  de las palabras previas al rezo del Angelus del Papa Benedicyo XVI  sobre el Corazón de Jesús

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI   Viernes 19 de junio de 2009

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Corpus Christi

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Hola. Hoy celebramos la Fiesta del AMOR, Sacramento de
nuestra fe.
Decálogo de meditación, examen, súplica, agradecimiento:
1. El amor no se consume, es semilla
que se siembra.
2. El amor busca la comunión y la logra:
Se olvida de sí mismo, se pierde y se encuentra
en la intimidad del otro.
3. El amor vive y se expresa en gestos y palabras y hace nuevos los gestos y palabras.
4. La medida del amor
es amar sin medida.
5. El peor enemigo del amor es la rutina.
6. El alma que anda en amor, ni cansa
ni se cansa.
7. El verdadero amor, porque ama, no pocas veces, tiene que sufrir.
8. Amamos a las personas no porque sean amables, sino que llegan a ser amables porque
las amamos.
9. Que nuestras palabras y hechos sean: Confío siempre en tu amor.
10. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, comprobaria que no hay riquezas suficientes en el mundo para comprar el amor.
Puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en Familia como en la sociedad. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva.
Hoy es Corpus.
Mañana también.

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Ven Espíritu Santo

Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

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Hay un jardín…

Dijiste «sí»

 

y se detuvo el tiempo,
y tu seno de virgen
se estremeció gozoso
con la presencia ardiente
del Verbo de la Vida.

Dijiste «sí»

 

y tu vientre sellado
fue cuna y fue alimento,
fue canción, fue ternura,
fue sagrario y fue templo,
fue patena y altar.

Dijiste «sí»

 

y Dios se hizo silencio,
se hizo carne incorrupta
con pañales de sangre,
prolongación inmensa
de tu amor maternal.

Dijiste «sí»

 

y Dios te hizo mujer,
te hizo madre y esposa,
compañera y amiga,
redentora del hombre,
flor suprema del mundo.

Ángel González-Alorda Ayala, S.J.

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En tiempos de Pascua

y esperando Pentecostés

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El Espíritu Santo nos lleva a adorar al Padre Dios, y le ofende que adoremos las cosas del mundo. Pero sobre todo le ofende que estemos demasiado pendientes de nosotros mismos, como si fuéramos dioses.

 

Para no sufrir tanto, y para que mis errores y caídas no me paralicen, tengo que reconocer algo: que yo no soy Dios. Para eso, lo mejor es adorar a Dios, el único que merece ser adorado. Yo no puedo pretender la adoración de los demás, ni pretender adorarme a mí mismo. Sólo él es el Absoluto, sin manchas ni imperfecciones. Todos los seres creados de este mundo somos limitados, y es inevitable que cometamos errores. Y aunque no los cometamos, es imposible que todos estén conformes con nuestra forma de ser y de actuar.

 

Hay muchas cosas que no sabemos, y no podemos medir todas las consecuencias de todos nuestros actos y palabras. Ignoramos todo lo que hay en el corazón de los demás, no podemos enterarnos de todo, y ni siquiera nos conocemos bien a nosotros mismos. Nuestra forma de ser necesariamente tiene límites. Por lo tanto, reconozcamos que no somos dioses, ni podemos serlo. Nuestras capacidades son tremendamente limitadas. Hay que aceptar esto con serenidad y realismo, y destruir el falso ideal de ser absolutamente perfectos.

 

Es bueno detenerse algunas veces a pedirle al Espíritu Santo esa sencillez que nos ayuda a aceptar nuestros límites con serenidad. Sólo así podemos tratar de mejorar, pero sin obsesionarnos ni entristecernos demasiado por nuestras debilidades.

 

Los errores pueden darnos la gran sabiduría de la humildad, la bella virtud de la misericordia, la serena paciencia con los errores ajenos, la capacidad de depender de Dios con sencillez, etc.

 

Así tenemos que amarnos, como somos: como seres limitados llamados a un permanente crecimiento. Somos una mezcla, una combinación de cosas buenas, de errores y de nuevas posibilidades de cambio. Tenemos que aceptar y amar esa combinación que nos proyecta hacia un futuro mejor.

Cinco minutos con el Espíritu Santo

 

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