Medita las lecturas del domingo XXIII

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«De ninguna manera necesita Dios esclavos sumisos y obedientes, eternamente jadeantes y egoístamente preocupados por sí mismos. Dios necesita hijos, libres y creativos, amantes y audaces». Esta es la síntesis de una lección maravillosa que nos ofrece el gran pensador ruso Nikolái Berdiáiev. La plantea para que la Iglesia salga adelante de la gran crisis que la afecta. Hace falta: abandonar la creencia en un dios menor, asentada en el miedo y las amenazas de condenación; renunciar a una piedad pueril y a una moral resignada; y terminar con «la indignidad de los cristianos» -título de su libro-, y como decía Rahner, que la Iglesia se abra a un siglo XXI «místico» y de retorno al Evangelio. Sabiduría 9: «¿Qué hombre comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son mezquinos y falibles. ¿Quién rastreará las cosas del cielo, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu?». El Espíritu prometido y otorgado por Jesús a su Iglesia. El único que nos puede liberar de una religión de esclavos, y nos puede conducir a la fe de los hijos amantes y amados, de los hombres libres y creativos, de los felices de ser acogidos, abrazados e iluminados de Amor, transfigurados y dispuestos a servir a los abandonados. Solo una fe así, renovada y liberada del pasado esclavo abrirá las puertas del Reino a la humanidad que sufre y busca.

La medida de los hombres libres aparece en Lucas 14: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». Mientras algunos acusarán a Jesús de muy exigente; otros, alentados por la fe, sabrán que el Amor lo puede y lo da todo; basta la unción del Espíritu en el bautismo, para renacer hombres libres, abiertos a la contemplación y al compromiso. Los renacidos son hijos amados y buscados por la Trinidad. Da tú, hermano, un salto en la profundidad del Amor y disponte a vivir como hombre libre, creativo y servicial.

 

Salmo 89: «Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos». No olvides que lo que tú realizas es obra y don de Dios. Él te sacia de luz, dulzura y misericordia; te enseña a calcular los días y dedicarlos a servir libre y humildemente a los desamparados, para que vivan fraternalmente en su Reino. Él te llena de alegría, júbilo y bondad a raudales para beneficio del pueblo. Nada es fruto de tu esfuerzo, sino donación amorosa y pura gracia. Si confías en el Señor, te encontrarás con lo bueno, noble y santo para bien de tu comunidad, y de la humanidad.

Filemón 9b-10: «Te recomiendo a Onésimo para que le recobres ahora, no como esclavo, sino como hermano querido». La carta a Filemón es un alegato en favor de los hombres libres. Desde la muerte de Cristo, ya no caben esclavos, ni esclavizados por la indignidad de los que manipulan la fe. La ley del amor nos ha constituido a todos en hombres libres y creativos, que viven la grandeza de la creación como una oportunidad para ser y para aprender a amar. Los humildes se entregan por amor y nunca por miedo, coacción o manipulación. Con Onésimo, abandona el mundo de los esclavos y entra a formar parte del Cuerpo de Cristo. Un Cuerpo de resucitados e iluminados, que viven ya en la nueva dimensión humana y comunitaria del Evangelio. El bautismo te ha convertido en hermano querido.

1. En nombre de Cristo, el Hombre Libre, no te dejes arrastrar por caminos que te obliguen a ser esclavo sumiso y obediente a líderes, padres u organizaciones sectarias.

2. Cristo te ha constituido en hijo de Dios, en hombre libre. No camines egoístamente preocupado por ti mismo. Busca hermanos libres y generosos: una vida en comunidad.

3. Dios, en este tiempo nuevo, más acorde con el Evangelio, te necesita para evangelizar con el apoyo de tu ser espiritual, «místico» y solidario, como hombre libre y creativo, como hijo amado y abrazado, y no como una marioneta piadosa o humillada.

4. La humanidad entera, constituida por pueblos y naciones, necesita cristianos amantes y audaces. No tengas miedo. Hay mucha tarea. Ponte a caminar tras Cristo Jesús.

Antonio García Rubio.

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Meditando el Domingo XXII del T.O.

«Cuando te conviden a una boda, vete a sentarte en el último puesto. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido. Y, cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

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No hay que negar a Jesús el magnánimo sentido del humor que derrocha ante todos sus oyentes y discípulos. Cada domingo nos presenta un nuevo hito de crecimiento espiritual y comunitario, a contemplar y a desarrollar. Y eso es algo que resulta ser una contradicción con la moda, con una sensata negación de sí mismo, con un enfrentamiento con nuestras aspiraciones mundanas o con nuestro anhelo de buen vivir, o de vivir superfluo.

Abrochaos los cinturones, tomad aire, relajaos, leed, o escuchad en la misa dominical, la propuesta del evangelio de Lucas 14: «Cuando te conviden a una boda, vete a sentarte en el último puesto. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido. Y, cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.» La propuesta, desde un punto de vista meramente humano, es una verdadera locura, siempre lo ha sido, pero mirada desde el individualismo aburguesado que nos caracteriza, no nos apetece siquiera escucharla. Eso les sucede a hedonistas y gentes de buen vivir, cuando se ponen ante Jesús y su Evangelio con nula formación de conciencia o con una conciencia guiada por la codicia o el lucro.

Jesús te pide, con buen humor, mucha psicología, y sobrado conocimiento del ser humano y del camino que conduce a la renovación y la Vida; algo, que en nada se asemeja a lo que te apetece, atrae o te mantiene como un buscador obsesivo. Te pide lo contrario a tus deseos ocultos, a tus pasiones, que actúes de otro nuevo, guiado por la fe y la gracia, por la confianza en lo que no se ve, la voluntad de Dios, y en aquello cuyo resultado ignoras. Una verdadera ganga de mercado. Te dice: “Sé el último”. No apetezcas ser el primero. No busques el honor ni el aplaudo de nadie. Busca el modo de quedarte con lo que te humilla; regala vida y bienes a quienes no puedan pagarte. ¿Se le puede pedir más a uno? Es posible que no, pero no con mayor claridad. Esto supone un cambio radical. Te da la vuelta al calcetín. ¿Lo podrás realizar?

Eclesiástico 3 apunta maneras: «En tus asuntos procede con humildad. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque revela sus secretos a los humildes.» Esto dice Dios acerca del camino de tu Salvación, que se esconde tras la puerta estrecha, que da salida al laberinto de tus pasiones. Pero el camino retrocede y no avanza si utilizas las sendas que te fuerzan a recorrer los poderes sin corazón, manipulándote y prostituyéndote. La llamada de Dios se dirige a tu corazón humilde; a ti que te estrechas o te estrechan la vida; a ti que te abajas o te abajan; a ti que muerdes el polvo amargo de cada día, o que resultas humillado por buscar la humildad que pide el Señor.

Tú, y los pequeños, acabáis encontrando la revelación de Cristo y la amorosa relación de hijos que se saben amados por el Padre Dios. Venid a mí, amigos y hermanos, que confiáis en la Palabra de mi Padre; vosotros que me visteis con hambre y me alimentasteis, o me encontrasteis tirado en la cuneta de vuestra ciudad y me auxiliasteis y sanasteis. Venid. Ven. «No corras a curar la herida del cínico, pues no tienen cura, es brote de mala planta.» Es decir, no te pierdas haciendo lo que no es. Algunos sólo piensan en sí mismos, y dejan crecer el mal. Esos pasan al vacío y al abismo hasta encontrar la conversión. Dios vive para que los hombres vivamos. Esa es su gloria. Y, por eso, ha abierto la vía de su morada, para que nos encontremos en Él, que nos protege en esta tierra. Él, con nosotros, prepara acogida, calor y amor para tantos hijos mendigos, aventureros y confiados, como salen a los caminos. Él sale a nuestro encuentro. Y te pide a ti salir al encuentro de tus hermanos, y prepararles una morada de dignidad, de libertad, de trabajo digno y de seguridad ante sus adversidades. Salmo 67: «Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos. Y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.»

Hebreos 12: «Os habéis acercado a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador Jesús.»

 

1.- Tu gran drama como creyente cristiano está dentro de ti. Contémplate y mira lo que dicen de ti.

 

2.- Un hombre o una mujer de fe saben que su tarea primordial es escuchar a Dios y a su comunidad, para así entrar en el campo magnético de la gracia, que el Espíritu Santo derrama sobre su pueblo.

 

3.- Fuera de tu humilde escucha, y del don del Espíritu de Jesús, que es la gracia, todo lo religioso puede ser un error descabellado y un engaño de tu mente manipulada por el ego. Por eso, lo primero y principal es que tu fe nazca y se desarrolle dentro de una comunidad de hermanos, que te disciernan, y con quienes te contrastes; así te acercarás a la congregación de las almas de los justos que han alcanzado la Meta: Jesucristo. 

 

  1. No hay otro camino. Lo que se salga de ahí, será de tu cosecha, fruto de una religión manejada por tu ego. Por eso hay enfrentamientos, visiones contrapuestas, ausencia de Comunión, soflamas y mentiras. Escucha, ora y sitúate en la gracia. Fuera de ella encontrarás de todo, pero también artificio, mundanidad y vacío. Y mantén el buen humor.

 

Antonio García Rubio.

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La puerta

Lucas 13: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.»

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Siempre hay una pregunta por esta puerta estrecha, de la que habla Jesús. Es intrigante y atractiva; es un imán ladrón que tira de uno; es un imposible, por la fragilidad, la falta de concentración y la ausencia de constancia. A veces, desata sueños increíbles y deseos de aventura en su conquista; y otras, te deja tirado o decepcionado por no comprender ni mantener el interés suficiente por ella. Evoca un poema de Antonio Machado: “La fuente sonaba. Rechinó en la vieja cancela mi llave; con agrio ruido abriose la puerta de hierro mohoso y, al cerrarse, grave golpeó el silencio de la tarde muerta. En el solitario parque, la sonora copia borbollante del agua cantora me guió a la fuente. La fuente vertía sobre el blanco mármol su monotonía.» Esa puerta daba a la fuente. ¿Qué esconde la puerta que nos invita a traspasar el Señor? Jesús utiliza este tipo de metáforas llenas de belleza, de evocación, atractivas, comprensibles, humildes y soñadoras.

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Él quiere que sus amigos, sus pobres y pecadores oyentes, despierten, y vivan la fe como un gran juego, lleno de emoción y participación, de búsquedas y fantasías. Quiere que los que andamos como muertos, despertemos a una vida nueva, renazcamos, y nos hagamos como niños gracias al despertar de la fe confiada en su Abba, nuestro Padre. Él es la fuente del agua cantora y viva; fuente de gracia que nos espera en un parque blanco de descanso, paz y sosiego compartido, al otro lado de la puerta. Él es la fuente, el camino, la puerta, el tesoro, la perla, el grano de mostaza, la semilla, el pan, el vino, la casa, la resurrección, la vida. «Venid a mí.”

Somos invitados a entrar con Él, tras pasar juntos la puerta estrecha, y a encontrarnos allí con los amados hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. «Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.» Sentados a su mesa. También Él es la Mesa. Lo saben los que celebran el domingo la Eucaristía: sentados entorno a la mesa, al altar, símbolo de Cristo Resucitado. El domingo, al entrar por la puerta estrecha de la parroquia, nos adentramos en la contemplación de su Reino. Ahí, sentados a su Mesa, en torno a Cristo, hacemos presente el momento definitivo, que vendrá al final con su Reino. Mucha y maravillosa fantasía, muchas imágenes increíbles, nos regala Cristo para enamorar nuestro corazón y atraerle para que camine el camino de la Vida y adelgace lo más posible. Así entrará por la puerta estrecha del Reino.

Eso mismo había profetizado Isaías 66: «Esto dice el Señor: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua, despacharé supervivientes a las costas lejanas: y anunciarán mi gloria a las naciones.» Con Jesús, el Mesías esperado, se hace posible el cumplimiento de la profecía. Con Cristo ya no hay tiempo. Sólo un ahora continuo, un presente vivo y eterno. Los que son criaturas nuevas por el bautismo saben que viven ya en su Reino, el tiempo de Cristo. Por eso los cristianos vivimos en permanente alabanza. Sabemos que los pueblos alabarán y darán gracias a Dios por sus maravillas entre nosotros y por el caudal de misericordia que derrama en favor de la humanidad y especialmente de los pobres. Salmo 116: «Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. Firme es su misericordia, y su fidelidad dura siempre.»

Vuelve a esa puerta que no deja de atraerte ni de potenciar lo mejor que tienes en ti, aunque te aparezca de modo sorprendente e inesperado cuando la buscas. La carta a los Hebreos 12, habla de la necesidad de dejarse orientar por los hermanos en el camino que nos acerca a la puerta (paso la cita al singular y que así te des por aludido): «Acepta la corrección, porque Dios te trata como a hijo. Por eso, fortalece las manos débiles, robustece las rodillas vacilantes, y camina por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.» Eres tratado con ternura por la mano amiga de Dios, que te llega, tanto de la mano de tus amigos, hermanos, consejeros o comunidades, como de tus sueños o visiones, tus silencios o comprensiones, tus búsquedas o intuiciones; del aporte del Espíritu Santo en tu noche o del desierto de tu vida. La corrección fraterna, las palabras orientadoras que te llegan desde tan diversos ángulos, te encaminan hacia la puerta, que es estrecha. Y, ¿por qué es estrecha? Está pensada para que la encuentren y traspasen los últimos: «Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.»

La Puerta y Tú:

  1. Esmérate en dejarte enganchar y atrapar por la poesía, las metáforas, las parábolas y la belleza narrativa de Jesús.
  2. Busca la puerta estrecha. Sólo ella te permitirá desvelar y vivir la verdadera anchura de tu corazón y del corazón de Dios. «Tú que en el aprieto, me diste anchura» (salmo 4)
  3. La puerta la encontrarás entre los pequeños, los adelgazados por la pobreza, los descartados, los pecadores que lloran en secreto por su pecado, los trasparentes porque no tienen doble vida ni nada que ocultar o tapar, los violentados, los que buscan cartones para dormir cada noche, los que arriesgando la vida cruzan mares y desiertos…
  4. Él es la puerta. «Yo soy la puerta… entra por mí…» Adelgaza tu vida, si pretendes entrar en el redil de la misericordia.

Antonio García Rubio.

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Distracciones

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San Bernardo estaba viajando con un pobre campesino sin educación, que se jactaba:

“Yo nunca estoy distraído cuando rezo.”

Bernardo objetó:

“Yo no lo creo. Ahora voy a hacer un trato contigo. 

Si puedes decir el Padrenuestro sin una distracción, te voy a dar esta mula en la que estoy montando. 

Pero si no tienes éxito, tienes que venir conmigo y ser un monje.”

El granjero aceptó y comenzó a orar en voz alta con confianza:

“Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…”

Entonces, después de una pausa por un momento, le preguntó a San Bernardo,

“¿Eso incluye la silla y la brida, también?”

 

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ELLA

«Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza» (Ap 11, 19).

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta (…). Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones»                                                                  (12, 1-2; 5).

En la primera lectura escuchamos: «Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza» (Ap 11, 19). ¿Cuál es el significado del arca? ¿Qué aparece? Para el Antiguo Testamento, es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero el símbolo ya ha cedido el puesto a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble, Dios habita en una persona, en un corazón: María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador. En el arca —como sabemos— se conservaban las dos tablas de la ley de Moisés, que manifestaban la voluntad de Dios de mantener la alianza con su pueblo, indicando sus condiciones para ser fieles al pacto de Dios, para conformarse a la voluntad de Dios y así también a nuestra verdad profunda. María es el arca de la alianza, porque acogió en sí a Jesús; acogió en sí la Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María. Con razón, por consiguiente, la piedad cristiana, en las letanías en honor de la Virgen, se dirige a ella invocándola como Foederis Arca, «Arca de la alianza», arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios quiso establecer de modo definitivo con toda la humanidad en Cristo.

El pasaje del Apocalipsis quiere indicar otro aspecto importante de la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un extraordinario destino de gloria, porque está tan íntimamente unida a su Hijo, a quien acogió en la fe y engendró en la carne, que comparte plenamente su gloria del cielo. Es lo que sugieren las palabras que hemos escuchado: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta (…). Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones» (12, 1-2; 5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el cielo de Dios con todo su ser, alma y cuerpo.

De las siete homilías de Benedicto XVI para la fiesta de la Asunción de María

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