Pobre Dios

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Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy.

Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.

Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra. Canto o silencio.
Esperanza o frío. Suerte o adversidad.
Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno,
con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios,
también eres un Dios pobre.

Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.

Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo ‘dar’.
Preguntar a menudo: «¿Qué necesitas?»
«¿Qué puedo hacer por ti?»,
y decir pocas veces «quiero» o «dame».

Y así sigo, Dios: Aquí,
sin más, en soledad.
En silencio.
Contigo, mi Dios pobre.

José María Rodríguez Olaizola, sj

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¿Puede un ciego guiar a otro ciego? VIII Domingo del Tiempo Ordinario

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Lc 6, 39-45

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

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Meditación del Papa Francisco

El apelativo «hipócritas» que Jesús da varias veces a los doctores de la ley en realidad es dirigido a cualquiera, porque quien juzga lo hace en seguida, mientras que Dios para juzgar se toma su tiempo.

Quien juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es suyo. Pero no solo se equivoca, también se confunde. Está tan obsesionado con lo que quiere juzgar, de esa persona -¡tan tan obsesionado!- que esa idea no le deja dormir. … Y no se da cuenta de la viga que él tiene. Es un fantasioso. Y quien juzga se convierte en un derrotado, termina mal, porque la misma medida será usada para juzgarle a él. El juez que se equivoca de sitio porque toma el lugar de Dios termina en una derrota. ¿Y cuál es la derrota? La de ser juzgado con la medida con la que él juzga.

El único que juzga es Dios y a los que Dios da la potestad de hacerlo. Jesús, delante del Padre, ¡nunca acusa! Al contrario: ¡defiende! Es el primer Paráclito. Después nos envía el segundo, que es el Espíritu Santo. Él es defensor: está delante del Padre para defendernos de las acusaciones. ¿Y quién es el acusador? En la Biblia se llama «acusador» al demonio, satanás. Jesús nos juzgará, sí: al final de los tiempos, pero mientras tanto intercede, defiende. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 23 de junio de 2014, en Santa Marta).

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P.Arnaiz. Apóstol del Corazón de Cristo.


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Y más sobre este apóstol del Corazón de Jesús

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Examen diario inspirado en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio

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  • Pide luz al Señor para que puedas ver la jornada con sus ojos y no con los tuyos.
  • Da gracias a Dios por todo lo que te ha sucedido.
  • Repasa el día tratando de percibir cómo Dios se te ha hecho presente y cómo le has respondido.
  • Pide perdón por tus respuestas mezquinas.
  • Proponte actuar con generosidad.
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Amad, amad, amad… Domingo 7º del Tiempo Ordinario

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San Lucas (6,27-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

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Reflexiones

  • ¡Este texto compite como uno de los más extraordinarios que jamás se escribieron! Contradice completamente el pensamiento humano sobre los enemigos y el perdón. Deletrea la forma en que Dios hace las cosas, sin hacer nada contra nosotros a pesar de todas nuestras fallas. Así es como Jesús vivió, así es como murió por sus ejecutores. Su actitud de corazón fue bendecida por su Padre y lo llevó a la vida eterna.
  • Mi mundo puede transformarse si tomo seriamente a Jesús. Mi tarea es colaborar con Él, y vivir en un nivel de amor más alto que lo que me imaginaba como posible. Estoy llamado a ir más allá de amar al prójimo como a mí mismo/a, más allá de amar solo a los que me aman a mí, más allá de amar solo a la gente simpática. ¡Debo amar a mis enemigos, hacerles el bien, rezar por ellos, desearles el bien! ¿Para qué debo rezar ahora?
  • Jesús usa un lenguaje exagerado para destacar la importancia de nuestras relaciones de unos con otros. Debemos dar espacios para los demás, atentos a cómo hemos recibido el buen regalo del perdón de parte de Dios. Esto nos recuerda las palabras en el “Padre Nuestro”: “perdona nuestros pecados como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Cuando uno tiene dificultades con otro, es bueno rezar por uno mismo, para reconocer las propias faltas, si es que las hay, y orar para que los demás puedan recibir la gracia de Dios, a fin de que surja lo mejor de su ser. Haz por los demás lo que Dios ha hecho por tí.
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