
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2023

Orar

Alma, pide al Padre la gracia de la oración continua y empieza a subir:
Primer escalón: reza. Repite oraciones aprendidas de memoria.
Segundo escalón: Cuando rezando notes que repites más lentamente alguna parte de la oración o incluso dejas de hablar sube al segundo escalón y déjate quieta.
Tercer escalón: Mantén el estado de quietud todo lo que puedas. Si aparecen las tentaciones de distracción, repite la frase que te llevó en el escalón anterior hasta aquí
En Quien me apoyo

Párrafo de una carta de Benedicto XVI del 6 de Febrero de 2022
Pronto me enfrentaré al juez definitivo de la vida.
Aunque pueda tener muchos motivos de temor y miedo al mirar hacia atrás en mi larga vida, me alegro, sin embargo, porque creo firmemente que el Señor no sólo es un juez justo, sino también el amigo y el hermano que ya ha sufrido Él mismo por mis defectos y es, por tanto, como juez, también mi abogado.
Ser cristiano me da amistad con el juez de mi vida y me permite atravesar con confianza la oscura puerta de la muerte.
A este respecto, no dejo de recordar lo que nos dice Juan al principio del Apocalipsis:
Él, poniendo su mano derecha sobre nosotros, dice: “¡No tengas miedo! Soy Yo…”.
Carta de Benedicto XVI.
8 de febrero de 2022.
MISA EXEQUIALPOR EL SUMO PONTÍFICE EMÉRITO BENEDICTO XVI
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» ( Lc 23,46). Son las últimas palabras que el Señor pronunció en la cruz; su último suspiro —podríamos decir— capaz de confirmar lo que selló toda su vida: un continuo entregarse en las manos de su Padre. Manos de perdón y de compasión, de curación y de misericordia, manos de unción y bendición que lo impulsaron a entregarse también en las manos de sus hermanos. El Señor, abierto a las historias que encontraba en el camino, se dejó cincelar por la voluntad de Dios, cargando sobre sus hombros todas las consecuencias y dificultades del Evangelio, hasta ver sus manos llagadas por amor: «Aquí están mis manos» ( Jn 20,27), le dijo a Tomás, y lo dice a cada uno de nosotros: “aquí están mis manos”. Manos llagadas que salen al encuentro y no cesan de ofrecerse para que conozcamos el amor que Dios nos tiene y creamos en él (cf. 1 Jn 4,16) [1].













