Estar presente

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Casi siempre estamos en otro sitio, estamos familiarizados con la ausencia y no con la presencia. Una leyenda medieval cuenta que Jesús atravesaba con sus discípulos una región y les salió al paso un hombre que le invitó a su boda. Jesús le dijo: ¿quieres que haga un milagro como en Caná? ¡No, no! No tendrás que hacer ningún milagro porque todo está a punto. Jesús se le quedaba mirando y le dice: creo que no voy a ir. Por fin le dice: mira iré si tú estás presente. Y relata él: yo recibí a muchos el día de la boda pero nadie estaba presente, ni yo estaba presente allí.

Basta estar presente para descubrir a Dios, si no le descubrimos es que algo se interpone. Basta una atención silenciosa. Añadir otra cosa es innecesario y puede crear confusiones.
 
Todo esto no llega de repente. El silencio es lo natural de la vida y lo natural es bastante lento.

                                                                                                                                    J.F.Moratiel

 

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En las manos de Dios

Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios. Eso es lo que he deseado toda mi vida, desde joven.                                                                                                                                    Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profundísima experiencia.

 Pedro Arrupe, S.J.

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El sentido creyente de la muerte

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La solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos nos dicen que solamente quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza. Si reducimos al ser humano exclusivamente a su dimensión horizontal, a lo que se puede percibir empíricamente, la vida misma pierde su sentido profundo. El hombre necesita eternidad, y para él cualquier otra esperanza es demasiado breve, es demasiado limitada. El ser humano se explica sólo si existe un Amor que supera todo aislamiento, incluso el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo. El ser humano se explica, encuentra su sentido más profundo, solamente si existe Dios. Y nosotros sabemos que Dios salió de su lejanía y se hizo cercano, entró en nuestra vida y nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre».

(Benedicto XVI, audiencia el 2 de noviembre de 2011)

Oración

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Nada te turbe

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Soy alimento de adultos

¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad!. Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche.Y, fuiste Tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distan- cia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: “soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme.  Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que te transformarás en Mi.”

Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti. Y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también Él, está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía:Yo soy el camino de la verdad y la vida…

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora suspiro por ti; gusté de ti y tengo hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.

                                                                                               De las Confesiones de San Agustín.

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